miércoles, 16 de julio de 2014

El Reloj de mi Abuelo




No soy un fulano con la lágrima fácil, como diría Joaquín Sabina. No lloré cuando se murió Mufasa, aunque tengo que admitir que sí se me humedecieron discretamente los ojos cuando vi el final de Lennie en Of Mice And Men (1992). Es brutalmente triste. 

Hay expresiones artísticas que muchas veces pueden llevar las lágrimas a los ojos, pero no por la tristeza de la historia sino por la identificación o la sublimación de la emoción expresada, que tocan una cuerda. Así puedo citar en mi caso la perfección de los poemas de Sor Juana, la Fantasía Coral de Beethoven, o la nobleza del pensamiento de Marco Aurelio

Ó El Reloj de Mi Abuelo.

El Reloj de Mi Abuelo les gana a todas esas otras cosas que mencioné, y por mucho. Es un poema escrito en 1876 por Henry C. Work, y que desde entonces fue musicalizado y cantado. No puedo de ninguna manera escucharlo - ni siquiera leerlo - sin un nudo tremendo en la garganta y atraer grandes cantidades de polvo a mis ojos. La letra original se puede leer aquí, y aquí hay una muy hermosa interpretación cantada. 

Aquí está mi traducción que acabo de hacer al español y si me lo permiten, tengo que secar el teclado de mi computadora…


El reloj de mi abuelo era demasiado grande para un estante,
y por noventa años estuvo de pie en el suelo;
era incluso más alto que su viejo dueño,
aunque no pesaba mucho más que él.
Lo compraron aquella mañana en la que nació,
y siempre fue su tesoro y su orgullo. 

Noventa años sin descansar; tic-toc, tic-toc;
Los segundos iban contando su vida; tic-toc, tic-toc.

Y se detuvo, para nunca volver a andar, el día que el viejo murió.

De niño, pasó muchas horas viendo el ir y venir del péndulo;
y en la infancia y madurez, el reloj parecía entender,
y compartir sus penas y sus regocijos.
Dio veinticuatro campanadas el día en que mi abuelo
pasó por la puerta con una novia hermosa y radiante.

Pero se detuvo, para nunca volver a andar, cuando el viejo murió.

Mi abuelo decía que de todos a quienes empleó nunca encontró sirviente más fiel;
pues nunca se atrasó y su único deseo
era ser encordado de nuevo al final de la semana.
Siempre estuvo en su lugar, sin una mueca en su cara
y sus manecillas nunca estuvieron ociosas. 

Pero se detuvo, para nunca volver a andar, cuando el viejo murió.

Una alarma sonó en mitad de la noche,
una alarma que por años había callado;
y supimos que su espíritu estaba por alzar el vuelo,
que su hora de partir había llegado.
El reloj siguió andando, con un repicar suave y apagado,
y en silencio esperamos a su lado. 

Y se detuvo, para nunca volver a andar, cuando el viejo murió.



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