viernes, 21 de noviembre de 2014

La cosa más rara que he encontrado en internet



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El internet es una cosa maravillosa, a pesar de todas las barrabasadas que tiene. Está en vías de convertirse en un depositario casi universal de conocimiento, tanto trascendente como trivial. No toma más que segundos encontrar la canción original del Coyote y el Correcaminos, o las más recientes discusiones de lo que pasó un nanosegundo después del Big Bang.

Y bien, este blog, llamándose “el mundo es extraño”, está siempre lleno de cosas todavía menos comunes. Mis lectores más entusiastas saben que he hablado antes de la primera película porno, de videos japoneses estrambóticos, de comerciales setenteros en México, de los prejuicios de Google y de aviones de guerra arrojando bombas de semillas. Pero esas son las cosas que discuto aquí. Mi lector se imaginará que he buscado cosas más raras, y no se equivoca.

Sin embargo creo que el título del post no es del todo exacto, porque cosas raras hay para nunca acabar, pero a lo que me refiero es a la forma en la que hoy las podemos encontrar, con un esfuerzo mínimo. Nos sorprende cada vez menos hallar cualquier cosa que se nos cruce por la mente, con tal de que podamos recordar un par de palabras clave. Por ejemplo, en 2003 encontré (y me hice fan) del grupo October Project, a partir de una sola línea de una de sus canciones (“you shine like the moon over water”) que se me quedó grabada cuando la escuché en el radio una sola vez, en 1998.  O la letra completa de Mambrú, que no veía desde que la leí en mi libro de lectura de quinto de primaria. O una portada de “Kamandi, el Último Sobreviviente”, un cómic que me compró mi abuelo en los setentas. Pareciera que todo está ahí, en algún lugar.

¿Cómo olvidar una portada así?


Hay tal cantidad de archivos de la cultura popular en internet –y aparentemente, tal cantidad de gente desocupada y maniáticamente nostálgica– que me encontré un capítulo específico de una serie de TV de principios de los 70, Alias Smith y Jones, tan sólo recordando el nombre de uno de los personajes, una tal Margaret Carruthers cuyo nombre se me quedó grabado porque a mi hermana y a mí, al ver el capítulo, nos dio un ataque de risa fenomenal porque habíamos entendido “Margaret Perroders”. Aquí está ese capítulo, con tan sólo esa información:


Y aun así, aquí hay otra más rara todavía: como el lector ya se dará cuenta, se me quedan grabadas cosas de lo más inusuales, y otra de ellas fue una canción de “rocanrol futurista” que salió una vez en un capítulo de Los Supersónicos. Sí, ¡ya sé, ya sé! Pero no me juzguen, así trabaja mi cerebro, por alguna razón extraña. El caso es que la canción se llama “Eep Opp Ork Ah-Ah” (sí, ya sé, ya sé…) y aquí está Lucero Sónico bailándola:


Pero lo más impresionante no es haberla hallado. Cuando me disponía a buscarla pensaba que me iba a tomar un buen rato, pero pasó esto:


Sí. No sólo es la primera opción, sino que da más de 600 mil hits; hay una entrada en el Urban Dictionary acerca de ella; y un grupo que se llama Violent Femmes y que al parecer es bastante famoso, grabó un cover de la canción. Madre de Dios.

Así que, ¿qué puedo mostrar aquí que sea realmente raro? ¿Qué no haga bostezar a alguien de 16 años? Pues mire usted.

Lo más raro que he encontrado, es el hecho de que no puedo encontrar muchas cosas. Específicamente, en español. Nuestros amigos angloparlantes parecen tener una obsesión sin límites por archivar todo sin importar qué tan intrascendente sea, y hacerlo disponible para todo el universo, esperando que alguien quiera buscarlo. Lo cual, como verá usted, es verdad; porque aquí estoy yo buscando canciones de caricaturas setenteras. Pero ya antes hablé de que cuando quise buscar las frases literarias que están grabadas en las paredes del Museo de Antropología de la ciudad de México, no pude hallarlas; de hecho le tuve que pedir a un amigo que fuera en persona para fotografiarlas y enviármelas. Y me parece que debería ser más fácil encontrar una cosa así, que la partitura del tema de Heidi. Por contraste, buscar el Monumento a los Caídos en Vietnam no sólo da más de 20 millones de hits, sino que se pueden buscar los más de 58 mil nombres inscritos, verlos por fecha de cumpleaños, por origen, por rango, por género y comprar camisetas, brazaletes, etc.

En español no tenemos aún esa visión. Hemerotecas, documentos históricos y otro sinfín de archivos, todavía están muy lejos de ser pasados a digital. A pesar de los esfuerzos de cosas como la Biblioteca Mundial Miguel de Cervantes, falta mucho esfuerzo.

¿Un ejemplo? Hombre, por supuesto. No me podía quedar sin darlo. El otro día me acordaba de Diódoro de los Santos, Jr., erudito e ingenioso escritor regiomontano que por décadas contribuyó al periódico El Porvenir: desde los cincuentas y hasta fines de los setenta, escribió sin falta su “Diodograma”, un verso en ocho líneas en el que comentaba los aconteceres de la política, o en los que daba sus opiniones u observaciones acerca de todo tipo de temas culturales.

A mi madre le encantaban los Diodogramas y fielmente los recortaba y los ponía en álbumes de esos de fotografías, que tenían páginas con pegamento protegidas con una película de plástico y que todos tenemos haciendo polvo en algún cuarto lleno de triques. Pero viviendo al otro lado del mundo del cuarto de triques de mi madre, no puedo meterme a buscar Diodogramas, así que dije, en el internet deben estar.

Pues. No.

No sólo no hay un extenso archivo de Diodogramas, con biografías y fotos de Diódoro de los Santos Jr., sino que prácticamente no existe. ¿Cómo es posible? Encontré UN solo ejemplo de un Diodograma, y está incluido casi por error en una crónica –por demás interesantísima– de la Historia Diplomática de la Revolución Mexicana, escrita en el mismo Porvenir por don Isidro Fabela, en 1957:


La única otra cosa que pude hallar es un artículo del columnista y escritor saltillense, Armando Fuentes Aguirre ‘Catón’, en el que habla de Diódoro, y copia unos versos hechos por él. Sin embrago tristemente este es un trabajo poco afortunado porque se avienta a contestar las redondillas de “Hombres necios que acusáis…” de Sor Juana, y la verdad es que eso simplemente no se puede hacer.

Así que, poniendo mi pequeñísimo granito de arena, pongo aquí de memoria un Diodograma que me aprendí por aquellos años; porque entre todas las cosas inútiles que se me quedaban grabadas, de repente se me quedaban también otras más valiosas:


Errar… y herrar

Errar es equivocarse.
Esto es, cometer un yerro.
Herrar, ponerle a un caballo
una herradura de hierro.
Y yerra el que hierra mal,
y el caballo es mal herrado
si el hierro con que se herró
lo usó algún herrero errado.



jueves, 20 de noviembre de 2014

El asesino es el mayordomo…




La novela de detectives es uno de los géneros más populares que hay, pero a 170 años de haber sido inaugurado, seguimos sin tener personajes tan memorables como los creados en sus primeros años.

Siempre ha habido historias y cuentos de misterios que son resueltos por algún hombre de ingenio. Por ejemplo, hay una historia china del siglo II, que relara cómo el rey Sun Liang encuentra al culpable de poner excremento de rata en una jarra de ciruelos enmielados, por medio de una deducción digna de detective moderno:

   “Hizo que uno de sus asistentes tomara una pieza de excremento, y que la cortara con un cuchillo. Observándola, Sun Liang sentenció,  ‘El interior está completamente seco. Si el cocinero lo hubiera puesto ahí desde un principio, para este momento ya debería de estar embebido también de miel. De modo que no hay duda que fuiste tú el que lo colocó ahí después de sacar los ciruelos del jarrón.’ ”

Las tradiciones persas y turcas también son ricas en cuentos con este tipo de deducciones, y Voltaire hace uso de varios de estos recursos en su novela Zadig (1747), que de hecho está basado en un cuento persa. Aunque Voltaire usa esto más como complemento del relato, y no como parte principal.

Edgar Allan Poe fue quien fundó la novela de detectives moderna con su historia “Los Crímenes de la Calle Morgue” en 1841, e inauguró también la convención de los personajes principales: el detective genial, que en este caso es Auguste Dupin; y su compañero que lo ayuda a esclarecer el crimen, pero que aquí permanece sin nombre y es quien narra la historia. El detective Dupin todavía protagonizó un par de historias más hasta 1844, la más famosa es “La Carta Robada”, que populariza la idea de “esconder algo a plena luz”: el documento que busca la policía no puede encontrarse por más que ponen patas arriba el departamento del ladrón, buscando hasta dentro de las patas de las sillas. Pero Dupin llega y la encuentra en segundos, pues estaba ‘escondida’ justo encima de la chimenea. Poe le llamó a este tipo de cuentos, “historias de raciocinio”.

Luego fue por supuesto Arthur Conan Doyle quien tomo estos elementos y creó al icónico detective Sherlock Holmes y a su fiel Doctor Watson, e introdujo otro de los que pasarían a ser parte favorita de los clichés del género: Moriarty o la némesis, el enemigo perpetuo cuyos poderes mentales igualan o rebasan a los del héroe. “Estudio en Escarlata”, la primera historia de Sherlock Holmes, apareció en 1887; y aunque Doyle quiso matar a su creación, sus fans no se lo permitieron y siguió publicándose hasta 1927.

Y en este momento entra a escena la ama y señora, reina indiscutible del género: Agatha Christie. Mientras que los cuentos de Poe son prototipos y Holmes es el clásico, Agatha Christie definió el género como se conoce, en específico la parte en la que el lector es, digamos, cómplice del detective, pues va sabiendo los mismos datos que éste. Esto es muy diferente de las historias de Sherlock Holmes, en las que el lector tan sólo puede seguir el relato, y maravillarse ante los poderes de deducción del detective, pero no tiene ninguna manera de adivinar el misterio. Las obras de Christie son, por otro lado, una invitación al juego: un reto divertido de convertirse en detective, y ver si nuestra deducción fue correcta al final.

Sus más famosos personajes, el obsesivo detective Hércules Poirot y su fiel Capitán Hastings, no son tan queridos como Holmes y Watson, pero tampoco les van mucho a la zaga. Hicieron su aparición en 1920 con “El Misterioso Caso de Styles” y protagonizaron docenas de historias, de las cuales la más popular es por supuesto “Asesinato en el Orient Express”  (1934).

Mucho furor ha causado J.K. Rowling con las increíbles ventas de los libros de Harry Potter, pero la falta bastante para alcanzar a Agatha Christie como reina de las ventas: el total de sus obras está en tercer lugar de los libros más vendidos, sólo detrás de la Biblia y de Shakespeare. Casi dos mil millones de copias.

Publicó 66 novelas de detectives, y la sexta, “El Asesinato de Roger Ackroyd”  (1926), es frecuentemente mencionada como obra maestra del género, por su final extremadamente sorpresivo.


SPOILERS:

En él, Agatha Christie usa el  recurso de “narrador no confiable” para dar un final que hoy llamamos ‘twist’, y que pone al lector de cabeza. Esta técnica fue explorada por Ambrose Bierce en su magnífico cuento corto “El Incidente del Puente del Búho”  (An Occurrence at Owl Creek Bridge, 1890) y continúa siendo efectivo cuando se hace bien, sobre todo en cine, con obras como Se7en (1995), The Usual Suspects (1995) y The Sixth Sense (1999).

FIN DE SPOILERS.


Si nunca se ha puesto a leer novelas de Agatha Christie, todas son fantásticas y cada una es más frustrante que la anterior porque rara vez podemos adivinar quién diantres es el asesino. Si no tiene nada que hacer un fin de semana, le recomiendo mis favoritas:

El Misterio de las Siete Esferas  (The Seven Dials Mystery, 1929)
El Misterio de la Guía de Ferrocarriles  (The ABC Murders, 1936)
Diez Negritos  (And Then There Were None, 1939)
Cinco Cerditos   (Five Little Pigs, 1942)
La Ratonera  (Three Blind Mice, 1950)
Intriga en Bagdad  (They Came to Baghdad, 1951)
El Espejo Roto  (The Mirror Crack'd from Side to Side, 1962)

Después de ella vinieron una gran cantidad de otros autores. Por ejemplo, siguiendo la línea clásica, Ellery Queen y Perry Mason fueron muy exitosos; y luego hubo otros detectives pero en géneros nuevos como el hard-boiled ó el noir, con personajes a lo Mike Hammer, que explotaban más que el misterio en sí mismo, el ambiente gangsteril y el machismo del protagonista. Sin embargo, hasta hoy seguimos sin tener quién sea el heredero de Sherlock Holmes ni de Poirot, y como prueba están las nuevas series y películas que se siguen haciendo de  ellos.

Nada como los clásicos.




VIDEO DEL DÍA


La inmortal Marlene Dietrich estelarizó esta adaptación de 1957 de una de las mejores historias cortas de Agatha Christie, “Testigo de Cargo”  (A Witness for the Prosecution, 1948):





sábado, 15 de noviembre de 2014

El paisaje


http://www.abadaeditores.com/libro.php?l=385

Para Coco



Hoy por la mañana recibí en el correo un regalo: el más reciente libro de Antonio Mezcua, doctor por la Universidad de Granada y que ha dedicado los últimos 15 años de su vida a la investigación de la cultura china, en especial su pintura paisajística. Antonio y yo nos conocimos en el año 2000, ambos recién llegados a China en aquél momento. Desde ese entonces, él se convirtió en artista visual –combinando sensibilidades occidentales y orientales en fotografía, pintura y performances visuales/musicales–, en profesor titulado de yoga, y en catedrático que ha desarrollado su trabajo de investigación en Granada, en París y en Oxford. 

Su primer libro y tesis doctoral fue “Concepto de Paisaje en China”, del que conservo con infinito cariño una copia en la que me invitó a participar como primer lector; y el nuevo libro que ahora leo es una continuación de aquel trabajo, menos académica y más poética, titulada “La Experiencia del Paisaje en China”, que con una maravillosa combinación de erudición y sensibilidad describe esta manifestación artístico-cultural, y lo hace de una forma a la vez vivida de forma íntima, como englobadora en sus alcances. Como él mismo dice, “desde un punto de vista unificado… teniendo en cuenta todas sus manifestaciones de pintura, diseño de jardines, literatura o asentamientos en parajes montañosos.” 

Abordando los temas del paisaje como lugar de jornada espiritual, de espacio social y de recinto familiar, podemos ir apreciando la infinidad de manifestaciones filosóficas, lúdicas y sicológicas que tan caras son al pensamiento oriental, si bien no son tan explícitos como en nuestra propia tradición crítica. Así, viendo al paisaje como trasfondo callado pero indispensable, vemos cómo se manifiestan en primer plano la música, los juegos, los paseos y las ceremonias, siendo cada uno matizado sutilmente por ese fondo benevolente y que todo lo abarca. 

Reproduzco aquí el breve prólogo de este libro, para dar al lector una idea de la sensibilidad con la que se desarrolla este magnífico texto:

*

Miramos una montaña, y en sus perfiles anatómicos pareciera convertirse en un perfil humano. Miramos la palma de nuestra mano, y en sus líneas parecieran reflejarse las nervaduras parpadeantes de las raíces de un árbol.

El paisaje son las líneas que la historia grava en la palma de la mano de la naturaleza, caminos entremezclados y superpuestos en jeroglíficos de una escritura que brota sólo cuando se contempla. 

La naturaleza inabarcable, en su infinito transcurrir lítico, se humaniza en el paisaje. La humanidad, en su fulgor atropellado, puede armonizarse y reconciliarse consigo misma en el paisaje. Pero la humanidad es aún salvaje y transforma el paisaje en una pálida imagen agónica de lo que pudo ser su paraíso.

El infierno es una pesadilla adherida en las nervaduras de la historia, y en el paisaje quedan las heridas, las llagas que supuran esa fiebre autodestructiva que guía nuestros pasos. Testimonios ciegos de catástrofes, guerras, genocidios, masacres, paisajes desolados por la muerte hueca. ¿Qué miedo sostiene la huída del hombre de sí mismo? ¿Qué aberrante sed le empuja por una sinrazón milenaria de lucha contra sus fantasmas?

Miramos a nuestros ojos y sus iris radiolares tienen las manchas de un dolor atávico que sólo un océano infinito podrá redimir.

Océano que existe más allá de estas montañas. En su ausente centro hay una isla donde sobrevive el primer (último) ser humano. Esta isla se denomina la Isla del Fin (del comienzo). Caminando hacia sus entrañas encontramos un jardín que se expande según los pensamientos de este último ser. Es éste el primer paisaje que contemplara la utopía de un paraíso nunca perdido (encontrado), serenidad de unos seres que consiguieron llegar a ser plenos y cuyos perfiles contemplamos en las anatómicas metamorfosis cambiantes de las montañas.

*


Mezcua López, Antonio José. La Experiencia del Paisaje en China. Shanshui o Cultura del Paisaje en la Dinastía Song. Madrid: Abada Editores. 

El libro se puede conseguir aquí: