lunes, 20 de octubre de 2014

Imágenes de todos los días en China. Menú Surrealista, Parte 2




Ayer me invitaron a comer unos amigos chinos. Y no puede resistir la tentación de crear la segunda parte del Menú Surrealista; porque como ya saben mis lectores, la mitad del encanto de una buena comida en China es leer las traducciones al inglés de los platillos.

Para ser sinceros, “Name Iron Coffee” suena muy bien. Podría ser un lugar donde se juntan a platicar músicos de heavy metal.


De entrada sugirieron unas patas de pato de halógeno, pero no quiero saber si más al rato me va a brillar la panza con una luz intensa, así que mejor estas las evité.




¿Market ó Juice Market? He ahí el dilema.



Para ser justos, es una descripción muy técnica del origen del fideo: desde el hecho de que la harina es seca.



Es bien sabido que a veces hay que hacer de tripas corazón. Pero ¿tripas de dinero? 



Mariscos-jaula-hijo-arroz.   Nunca un rompecabezas existencial se vio más rico. Este sí hay que probarlo.



Seda de papa caliente. Pues nomás porque es de papa, la incluimos también. Mientras la seda no incluya los gusanos, estamos bien.



¿Qué tal un arroz guisado con un hombre de incienso (camarón) (toro)? No quiero saber ni qué quisieron decir, pero también se ve buenísimo. Apúntelo.




¿Para qué decir sushi vegerariano, cuando te puedes ir a descripciones tan buenas como “Círculo verde dividido”? Lo poético ante todo.



Ah, tantas preguntas. “Papaya, Almejas y Mamá”:  ¿Son las almejas y su mamá? Eso parece muy cruel. ¿O es la mamá del cocinero la que las hace? ¿O es un platillo especial para mamás? Son estos pequeños misterios de la existencia los que la hacen maravillosa.



Bueno, esta es sólo para expertos en China. La traducción de hecho está perfecta: 心太软 significa literalmente “Un corazón tan tierno”, y es el título de una canción pop empalagosísima de Richie Ren, una cantante igual de empalagoso. Y por alguna razón le pusieron así a este postre. Supongo que traducir al “Besos de monja” al chino quedaría igual de ridículo, o a la mejor hasta sacrílego.



¡Ahhhhh ya regresamos al feeling de heavy metal con el que empezamos!  ¡BORN WITH BURNING!  Voy a poner Born to Be Wild en el iPod para acompañar este platillo. Yeeah.



Y de tomar… un té “En la región de”.  Se oye evocador y misterioso. Es más, así le voy a poner a mi próximo libro.



Wow aquí sí se pudieron metafísicos con el vino, con algo que parece un haiku escrito precisamente bajo la influencia. Pues qué mejor, para darle al bebedor idea de cómo van a exaltarse sus pensamientos después de unas copas:

   Maestro del vino
    ¿no estás borracho?
    Atardecer, aléjate y no vuelvas.






viernes, 17 de octubre de 2014

Experimentos en la calle (III): Orígenes


 

Porque claro que hay que ponerle un subtítulo atractivo a cada secuela ó precuela, así como le hace ahora Hollywood. Por cierto que “precuela” me parece una palabra que suena espantosa, y aunque ya es de uso común y está en la Wikipedia en español y hasta en Google Translate, por lo menos la RAE se resiste a aceptarla aún:


La inventaron de hecho en inglés (prequel) en 1958, pero no se hizo popular sino hasta hace muy poco con las nuevas películas de Star Wars, y algún desocupado que no quiso buscar en el diccionario sinónimos de Precedentes o Prólogo, pues nomás le puso la “-a” para acabar pronto.

Pero bueno, la cosa es que voy a hablar de los orígenes de los experimentos en la calle, y aunque ya dije que las experiencias de extraños ayudándome en Europa fueron determinantes, por supuesto no fueron las primeras. De hecho –porque fueron muchas y en un periodo muy corto de tiempo– me hicieron ponerme a pensar en la cuestión general de la ayuda desinteresaday acordarme de otras ocasiones. Y aunque muchas veces me había pasado, siempre regreso a una en particular, en Monterrey en 1990:

Mi mejor amigo y yo salimos con dos chicas. No eran intereses románticos, sino que una de ellas era amiga de una ex novia y la otra era su hermana, y cuando yo aún salía con la ex, a veces ellas dos se juntaban con nosotros, así como mi amigo y su propia novia, que ahora era su ex y…

¿Sabe qué? Eso no importa en absoluto. La cosa es que cuatro personas salimos a cenar, e íbamos todos en mi camioneta.

Cuando salimos del restaurante ya era tarde, como las 11, y al llegar a mi camioneta –que era una Ford 79 hermosa pero problemática– nos dimos cuenta de que no encendía. Algo del alternador o sabrá Dios qué cosa, pero el problema no era algo que se podía solucionar ahí mismo echándole un ‘gallito’ de gasolina al carburador o dándole unas patadas. Y para acabarla, hacía frío y estábamos en una colonia alejada de calles principales y no se veía ni un taxi. Así que las chicas nos empezaron a echar esas miradas de “¿Y BIEEEEN?” desde dentro de la camioneta.

Total que en esta situación, con el cofre de la camioneta abierto y nosotros dos discutiendo en la calle, se detuvo un coche y se bajó un niño de 19 años y nos preguntó qué pasaba. Lo vimos tan confiado que le dijimos el problema y le preguntamos si sabía de mecánica.

“Pues no, ni idea. Pero súbanse a mi carro y los llevo a sus casas.”

Esto fue en 1990, antes de la paranoia, antes del cinismo, antes de enterarnos todos los días por internet de maniáticos asesinos. Pero aún así, la oferta sonó tan descabellada –y sin siquiera preguntarnos a dónde íbamos– que le dijimos que no. Por cierto, íbamos a tres partes de la ciudad muy diatantes entre sí.

Pero él insistió e insistió hasta que nos convenció, y además porque en un cuarto de hora de estar en la calle viendo el motor y otro cuarto de hora discutiendo, no había pasado un solo taxi. Así que nos subimos con él y en el trayecto escuchamos la historia más inverosímil de lo que estaba haciendo.

Resulta que no era alguien que iba pasando por casualidad. O bueno, en realidad sí nos vio por casualidad, pero no era casualidad que anduviera en la calle a esa hora. Nos contó que a los doce años, su padre lo empezó a llevar en sus “excursiones de ayuda nocturna”: una vez al mes, ambos se ponían a dar vueltas por la ciudad desde las 10 hasta las 12 de la noche para ver si encontraban a gente en problemas, y les ofrecían la ayuda que pudieran. Cada mes sin importar si lloviera o relampagueara, salían. Y cuando cumplió 18 años su padre le permitió empezar a hacer sus propias rondas, así que podían estar de “ángeles guardianes” una vez por quincena.

Sólo recuerdo que nos quedamos tan impresionados que no sabíamos ni qué decir, ni qué preguntar, de tan chiquitos que nos hizo sentir. Mi amigo, que fue el último en bajarse porque era el que iba más lejos, le ofreció llenarle el tanque de gasolina, pero el chico rehusó. 

A veces me pregunto si hoy en día seguirá recorriendo las calles, ahora con su hijo.


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HEY: si por alguna coincidencia me estás leyendo hoy: Gracias de nuevo. Has honrado a tu padre.
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VIDEO DEL DÍA


Las películas de Wallace & Gromit ó Chicken Run son maravillas modernas usando la técnica tradicional de Stop Motion, y mis lectores más longevos ya sabrán que soy fan. Una de mis películas favoritas de ese estilo es The Year Without a Santa Claus (1974), uno de esos especiales de Navidad que pasaban antes, y que tiene dos números musicales geniales, entre el Rey del Invierno y el Rey del Verano:





jueves, 16 de octubre de 2014

Experimentos en la calle (II)





Así que ¿de dónde salieron estas manías de salir a la calle a hacer experimentos extraños con extraños? Para empezar, como el lector podrá imaginar, de ser un desquehacerado; pero de forma más importante, de una serie de experiencias que como ya dije, tuvieron lugar un verano de 1992 mientras viajaba por Europa con una mochila, un EuroPass y mucha buena voluntad.

Cuando uno viaja de esa forma, tiende a conocer en los trenes o en los ‘Bed-and-Breakfast’ a dos ó tres almas gemelas, vagabundos de corazón, que ocasionalmente comparten el día en alguna ciudad y se intercambian direcciones para perder el contacto en poco tiempo. Eso es más o menos de esperarse. Pero las cosas que me pasaron fueron, por decirlo así, mucho más allá del cumplimiento del deber, y voy referir únicamente dos por miedo a que el lector crea que lo engaño con cuentos chinos.

La primera fue en la ciudad belga de Brujas (Bruges). Para cuando llegué ahí ya tenía un par de semanas de estar viajando y tenía bien medidos los tiempos de viaje y opciones para dormir. Sin embargo no calculé lo pequeño que es Brujas, así que cuando me bajé del tren a las 9 y media de la noche y salí a encontrar la posada más cercana, vi que no había nada ya abierto en los alrededores. Ni modo, pensé, pues me paso la noche en una banca de la estación de tren… pero la estación de tren estaba cerrada cuando volví.

Pánico.

No tenía mapa porque desde que llegué el kiosko de turismo estaba cerrado y por supuesto que Google Maps y esas cosas se hallaban muy lejos en el futuro. Así que, con un frío infame a pesar de ser pleno junio, me fui al parque frente a la estación como vil clochard, a escoger la banca que estuviera más resguardada del viento por los árboles, saqué toda la ropa de manga larga de mi mochila y me eché a intentar dormir. Eran las 11.

Y el énfasis es en ‘intentar’ porque en menos de una hora estaba recordando las líneas de un poema que se llama The Cremation of Sam McGee en donde el pobre fulano, originario del templado Tennessee, se está muriendo de frío una noche, por andar buscando oro en Alaska. Por más cosas que me puse encima incluida la mochila, estaba tiritando como perro recién bañado, así que al final me senté de nuevo, y con una camiseta amarrada al pescuezo debía dar una impresión lamentable. ¿Quién va a pensar en llevar una chamarra en junio, por el amor de Cristo?

Pues así estaba yo sentado miserablemente cuando pasó un taxi, se detuvo frente a mí, y el conductor me dijo algo en ese francés raro de Bélgica. Yo le contesté que no le entendía bien y me preguntó qué idioma hablaba. Le dije que español. Su respuesta que nunca se me va a olvidar: “Hace mucho frío para esa banquita.” En español.

Me explicó que hacía mucho había vivido en España y que le encantaba hablar el idioma, y desde luego me preguntó qué diablos estaba haciendo yo ahí. Tras explicarle, me dijo que sí, en efecto en Brujas todo cierra temprano y que ahora mismo él ya iba de vuelta a su casa, pero que me subiera con él y de paso me dejaba en el hostal de un amigo suyo. Cuando llegamos eran pasadas las 12, y el taxista tuvo que aporrear la puerta un buen rato antes de que su amigo abriera enojadísimo. Pero el taxista le dijo “Oye, aquí te traigo a un amigo que estaba muriéndose de frío, déjate de cosas y dale una cama.” Con eso le cambió el semblante al hostelero y ambos se pusieron de acuerdo para que desayunáramos juntos al día siguiente y ya que tenían día libre, me llevarían a dar una vuelta por el pueblo.

Ninguno me cobró nada ni aceptó mi dinero; ninguno me dio su dirección para mantenernos en contacto; sólo me dijeron “es lo que se hace”. Sus nombres, Peter y Jan, y su memoria, es con todo con lo que me quedé de ellos.

La segunda experiencia fue más impresionante todavía. Poco después de dejar Brujas llegué a París, a la famosa Gare du Nord, pero teniendo cuidado de tomar un tren nocturno para llegar temprano y aprovechar el día. Esta vez no estaba preocupado por dónde dormir: Loraine, una francesa que había conocido hacía unos meses en Sevilla mientras tocaba la guitarra en un bar, me había dicho que podía quedarme en casa de su hermana y su cuñado en París. Ella les avisaría. Así que llegué relajado, tomé el mapa de la ciudad, vi dónde estaba la casa de Marie, la hermana, e hice el plan para todo el día.

Después de realizar ese sueño de comprarse una baguette, un pedazo de queso y una botella de vino y andar viendo el Louvre y el Pont Neuf, que por cierto siempre estaba lleno de músicos, al empezar a anochecer me dirigí a casa de Marie. Llegué ahí cerca de las 6 y media, entré sin anunciarme porque justo cuando llegué iba entrando alguien más al edificio,  subí al tercer piso y toqué el timbre.

- ¿Diga?
- ¡Hola Marie, soy Alfonso!
- Um… ¿ajá?
- Eh… Alfonso, el amigo de Loraine.
- …
- No… ¿no te avisó?
- No.

Ups.

Empecé a pensar en Brujas, en bancas de parque y en que afortunadamente esa mañana me había comprado una sudadera con ‘París’ en letras de colores, pero el corazón también se me cayó a los pies. Y en eso llegó Pierre.

Y sí, se llamaban Pierre y Marie.

- ¿Qué pasa?
- Pues que mi hermana Loraine aparentemente invitó a este muchacho a la casa y no me avisó.
- Oh.

Recuerde por favor el lector, que no sólo andaba vestido como hippie sino que además traía el cabello largo y barba, y probablemente todavía olía a la botella de vino que justo había terminado de vaciar.

- Perdón, es que Loraine y yo no hablamos mucho, y ella es muy infomal. Pero pasa.

Pierre y Marie no sólo me dejaron entrar y quedarme esa noche, sino que Pierre cocinó algo especial, me preguntaron cuántos días iba a estar en la ciudad y cuando les dije que cuatro, Marie dijo, “Pues entonces lo mejor es que te demos copia de la llave, para que puedas salir temprano y aprovechar, y para no estar avisándonos si llegas tarde”.  No lo podía creer. En efecto tuve las llaves de su casa por cuatro días, salí con ellos y sus amigos una noche, y me llevaron a un bar de Pigalle a ver uno de los espectáculos más estrambóticos que he visto jamás, pero eso será tema de algún otro día.

Y si aún le digo al lector que esta no fue la experiencia más increíble en cuanto a la ayuda ciega que me fue dada por un extraño ese verano, seguramente no me va a creer. Pero también, esa plática es para otra ocasión.  

Lo que quiero decir es que sabemos percibir, pero quizá lo estamos olvidando. Goethe dice que quiere ver a los ojos porque ahí “ve los pensamientos de su interlocutor”. Yo diría que esa confianza, o afinidad,  la reconocemos en los ojos y en la voz y en todo eso que el cuerpo dice aunque queramos ocultarlo. Y si no me cree, tenemos toda la calle que queramos para experimentar.





VIDEO DEL DÍA


El término “Mickey Mousing” se refiere al difícil arte de poner música en coordinación con los movimientos de las caricaturas, y como su nombre lo indica está inspirado en las increíbles primeras animaciones de Disney, en especial las obras maestras que se hicieron allá por los 30s. Una de estas obras maestras es “The Band Concert”, de 1935, en la que Mickey, Donald y compañía interpretan combinaciones de música clásica con música popular e incidental, mientras un tornado los hace volar por los aires. Simplemente magistral: