viernes, 19 de diciembre de 2014

Un mix-tape para Navidad, sin canciones navideñas




Honestamente, el único villancico que puedo escuchar sin que me canse es “El Niño del Tambor”, y definitivamente no es por la música, que es quizá más sencilla que otros, sino por la letra que me parece con mucho la más trascendente de todos los villancicos. Estas frases siempre me han parecido una bellísima expresión de las mejores cosas que tiene el espíritu humano: 


    Tú ya sabes que soy pobre también
    y no poseo más que un viejo tambor:
    ¡En tu honor frente el portal tocaré con mi tambor!
    …nada mejor hay que te pueda ofrecer.



Si se ve bien, es un sentimiento que no es exclusivamente navideño como Los Peces en el Río, ó Campana Sobre Campana, sino que es imagen del mejor sentimiento de generosidad, empatía y solidaridad que es celebrado y admirado en cualquier cultura, en cualquier momento: la representación de amor puro por el que se puede dar sin reservas lo poco que se tiene, convirtiéndolo así en lo más valioso que se tiene. 

Pero esta Navidad quiero sugerir otras canciones para escuchar, junto con las inevitables, si no por otra cosa que dar variedad al asunto. Estas canciones no tienen temas de la temporada, pero sí muy humanos.

Como tantas cosas, se pueden escuchar en cualquier momento, pero toman una nueva dimensión si las escuchamos en una fecha o temporada que asociamos con ciertos sentimientos especiales, como unión y convivencia, reflexión y generosidad.

O simplemente se pueden escuchar por si no las había oído antes.

Como últimamente he tenido algunos problemas al poner enlaces de YouTube, voy a poner la forma en la que los puede buscar junto con el enlace. Por supuesto, la mejor la dejo para el final:

Eva Cassidy - Danny Boy
 
Grand Central Station
 
STING & CHEB MAMI - DESERT ROSE

Blackmore’s Night  - Catherin Howard’s Fate      
 
How Can I Keep From Singing - Enya
 
Somewhere Over the Rainbow by Israel Kamakawiwo'Ole
 
Loreena Mckennitt - The Bonny Swans [HQ + Lyrics]

Mary Fahl - Going home - Lyrics
 
Joan Baez - Diamonds and Rust (original)

John Denver & Plácido Domingo in Studio - Perhaps Love (1981)


 

miércoles, 17 de diciembre de 2014

El Principito y otros niños sabios




Escribir un libro como El Principito (1943) es algo tan extraordinariamente difícil, que francamente me parece que no tiene paralelo. Existen antes de él muchas obras en las que se desnuda y se exhibe la condición humana, pero quienes escriben  son eruditos como Voltaire y cuyas tramas son bastante más complejas y con estilos mucho más elevados. Tiene uno que remontarse a la tradición de las Fábulas de Esopo para encontrar tal simplicidad y profundidad mezcladas, con miembros insignes como los cuentos persas de Afanti, o las diversas colecciones de cuentos cortos y parábolas que existen en casi todas las culturas. Pero si bien estas colecciones pueden muy bien superar al Principito en solidez filosófica ó escrutinio sicológico, ninguna usa a un niño como su personaje principal ni ponen de relieve la inocencia del descubrimiento como éste lo hace. Y en todo caso son colecciones episódicas, pero no una historia de principio a fin. Afanti es un hombre del más alto ingenio; el Quijote y Sancho son adultos que tienen convicciones bien formadas aunque exóticas; Cándido es un simplón pero sus situaciones son eminentemente adultas. No por nada el Principito ocupa el lugar que ocupa en la literatura.

A mi ver, tan sólo otros dos libros tuvieron lograron con éxito una tarea tan difícil, con personajes de niños, y ambos fueron publicados con un año de diferencia: Momo (1973) de Michael Ende; y  Señor Dios, Soy Anna (1974) de Syndey Hopkins, alias Fynn.


Momo es una niña vagabunda y solitaria, que tiene la extraña virtud de saber escuchar, y con esa sola característica puede resolver casi todas las disputas de la gente de su pueblo. Y en una aventura fantástica, lucha contra los nefastos Hombres Grises que intentan robarse el tiempo de la gente, quitándoles su presente con promesas de futuro. Las lecciones enseñadas son tan sencillas y claras como en el Principito, y la historia las ilustra de esa bella manera de “mostrar, no decir” que mucha literatura contemporánea parece desechar (véase La Profecía Celestina, El Secreto, Dios vuelve en una Harley, El Monje Que Vendió Su Ferrari y un largo etcétera de modernos libros de autoayuda, que son torpes, sermoneadores y faltos completamente de sutileza).



Anna, por otro lado, es también una niña vagabunda pero sin ningún elemento fantástico. Es encontrada en las calles de Londres por Fynn, quien la acoge en su casa, y a lo largo de su relación él aprende de ella todo tipo de maravillas acerca de cómo un niño ve a Dios, el sexo, los idiomas y la velocidad de la luz. Aquí las lecciones no son tan importantes como el reconocimiento de la naturaleza misma de la inocencia, y el estilo, si bien diferente de los dos anteriores, funciona a la perfección. Hay dos secuelas menos logradas: El Libro de Anna (1986) y Anna, el Señor Dios y el Caballero Negro (1990) que no llegan a capturar la magia del primero, pero valen la pena de verse.

¿Quién será el siguiente autor que pueda ofrecer un personaje infantil de tal trascendencia? Seguimos esperando.


VIDEO DEL DÍA


Momo se ha llevado al cine un par de veces ya, pero ambas versiones pasaron sin pena ni gloria. Se acaba de hacer una versión nueva, que parece muy prometedora:




martes, 16 de diciembre de 2014

La trivialización del shock



Via El Nuevo Herald


Ayer vi un tweet que equivocadamente refería esa foto, diciendo que es una protesta en Londres por los 43 desaparecidos en México; en realidad es una protesta en Barcelona en contra de la industria de la piel de animales. Pero para lo que voy a discutir aquí, da exactamente lo mismo.

En cualquiera de los dos casos, la gente ve la foto, dice OK, y tres segundos después da click en el siguiente link, probablemente con una foto de un gato con mala gramática. El shock se ha vuelto trivial.

Y no es para decir que no se deba protestar o hacer valer las propias convicciones, ni mucho menos. Se debe de hacer, y se debe cuestionar y presionar para que vayamos empujando nuestros modos de convivencia hacia formas cada vez más justas y aceptables para más miembros. Pero las tácticas de shock ya no funcionan como antes.

En 1916 comenzó el movimiento artístico –o anti-artístico– llamado Dadaísmo, un estilo de vanguardia que cuestionaba los valores establecidos. De hecho ya desde 1913 Marcel Duchamp había empezado con su propuesta de “anti-arte” que llegó al pináculo de la fama en 1917 con su obra “Fountain”, que sí causó revuelo:
 
Via Wikipedia
Sí, un migitorio. Esa era la obra. Por supuesto, causó indignación y de hecho fue rechazada por los jueces de la exhibición a la que la inscribió, pero su concepto influenció a una gran cantidad de artistas plásticos y filósofos del arte que en esos momentos tensos (Primera Guerra Mundial) cuestionaban en conjunto muchas de las bases generalmente aceptadas del arte y de la sociedad, de sus funciones e interacciones. El crítico y filósofo Stephen Hicks interpretó la obra de Duchamp como una declaración de que “el arte no es más que algo en lo que nos orinamos.”

Estos cuestionamientos han tenido una larga tradición en el siglo 20 y hasta nuestros días, explorando y de-construyendo, con gente famosa como Andy Warhol y sus sopas Campbell’s y un largo largo etcétera. Pero la técnica del shock como análisis y disección del comportamiento humano individual y social tuvo más impacto aún en el arte del “Performance”, en el que la obra no es un objeto sino una acción a ser observada. En estos performances muchos artistas llegaron a extremos bastante drásticos, como Chris Burden, que en los 70s se hizo famoso por sus acciones como “Trans-Fixed”: donde hizo que lo clavaran de las manos a un coche, en posición de crucificado. Marina Abramovic, otra pionera, presentó en 1974 su infame “Rhythm 0”: una sesión de seis horas durante las cuales ella, sentada en una silla y sin moverse, puso frente a sí una mesa con 72 objetos –entre los cuales había una pistola cargada– que los espectadores/participantes podían usar en ella de cualquier manera que quisieran. La gente llegó a cortar su ropa en pedazos, ponerle espinas en el abdomen e incluso apuntar la pistola a su cabeza.

Hoy sigue habiendo quiénes usan estos métodos, pero los cuestionamientos que causan difícilmente ameritan más que una mirada por encima, y son usados ya no como vehículo de exploración artística y social sino sólo como protesta, de la misma forma que una huelga de hambre. En 2013 un artista ruso se clavó de los testículos al suelo de la Plaza Roja, en protesta por acciones represivas del Kremlin, por ejemplo. ¿Escuchó antes esa noticia? ¿De su impacto? Exactamente.

Volviendo a los 70s: esa época fue de empujar y romper muchos límites sociales establecidos. En 1973 se estrenó “El Exorcista”, que hoy nos puede parecer algo trivial pero que causó una conmoción sin precedentes, rompiendo la convención en el cine mainstream, de poner a cuadro completo y sin cortes las escenas más violentas y perturbadoras. Antes de eso el terror era más bien insinuado y completado por la imaginación del público, con sombras, silencios y diálogos tétricos. Después de esta película se desató una moda de cine sanguinario extremo, con las películas de Darío Argento (Rojo Profundo, 1975) y Ruggero Deodato (Holocausto Caníbal, 1980) como exponentes notables, además del primer cine mainstream de porno-tortura (también italiano) que en nuestros días es representado por Saw (2004) y sus variantes cada vez más grotescas (Martyrs, 2008; Human Centipede, 2009).

A lo que voy es que en los últimos 40 años las imágenes de violencia extrema se han hecho comunes, casi triviales: y no sólo en el arte sino que ayudadas por la explosión de la comunicación por internet en donde todo es instantáneamente accesible. Y si las imágenes de violencia tienen ese grado de trivialización, el desnudo lo es mucho más: imágenes de alto contenido erótico que en los 70s hubieran sido consideradas absolutamente inaceptables en cualquier publicación masiva, hoy se usan para anunciar chocolates y agua destilada. Spencer Tunick, fotógrafo de desnudos masivos desde 1994, tiene una propuesta interesante desde el punto de vista artístico, pero está muy lejos de ser provocadora por el sólo hecho de incluir desnudez.

El hecho es que este tipo de protestas, desprovistas de contenido artístico, no asustan ya a nadie: en la ciudad de México hay protestas de desnudos cada dos por tres, y a lo que llegan es a que alguien les tome fotos divertido, o que alguien más diga “otra vez estos encuerados bloqueando el tráfico”. El parar juegos de fútbol porque algún exhibicionista se mete al campo ya es casi tradicional en varios países, y cuando unas chicas protestaron desnudas ante Angela Merkel y Vladimir Putin en 2013, la cara de Putin lo dijo todo:
 
Via The Guardian

Si se va a protestar hoy en día, se necesita organización e inteligencia, y tener el pulso de la sociedad donde se desenvuelve para saber de qué forma se puede mover –y conmover– a nuestro vecino. Una imagen violenta o enseñar piel ya no hace que la gente voltee la cabeza, y en muchas ocasiones la reacción es de entornar los ojos, y pensar que lo único que quieren esos encuerados es un poco de emoción y de romper con la rutina.




VIDEO DEL DÍA


Por si el lector no me creía lo de Marina Abramovic: