miércoles, 25 de marzo de 2015

La ignorancia disfrazada de sapiencia




No es nada nuevo, la verdad. Es de hecho uno de los vicios más antiguos que tenemos, ese de aparentar que sabemos, ya sea por simple vanidad o por lograr algún objetivo específico. Desde Esopo y Confucio y cuanto hacedor de frases memorables ha habido, tenemos consejos que nos dicen que no aparentemos saber. 

Pero en estos días de acceso casi instantáneo a casi todo, no tenemos excusa. Ya antes he hablado de cómo por pura pereza no nos damos a la tarea de investigar la fuente de una frase ó de una noticia, antes de repetirla como el perico. 


O así como Calvin. 

La verdad es que cada quien escucha lo que quiere escuchar, y cada quien lleva agua para su molino; esto no se puede evitar. Y con el internet, lo único que conseguimos es crear más confusión porque ya nadie quiere leer un libro entero, sino sólo tomar alguna frase, sacarla de contexto y hacerla como que apoya sus ideas. Por ejemplo, acabo de ver esta en Twitter, esa interesante diarrea de pensamientos:


    “En el capitalismo el que no trabaja no come; en el socialismo, el que no obedece no comerá”. -- León Trotsky.

No voy a decir que me sé todas las frases de Trotsky, pero sí sé lo suficiente para saber que eso de arriba no lo dijo pero ni a patadas y con tres botellas de vodka, porque por más que Trotsky se peleó con Stalin, nunca se convirtió en apologista del capitalismo, que es lo que esa frase es. 

En su libro de 1936, The Revolution Betrayed (1936), en el capítulo 11, Trotsky de hecho reniega de lo que se está haciendo en la Unión Soviética: pero lo ve como una traición a los principios socialistas, y de ninguna manera habla de que el capitalismo es mejor. La frase original, hablando de las purgas contra disidentes de conciencia, es:

    “Los más activos han sido arrestados inmediatamente, encarcelados o enviados a los campos de concentración. En cuanto a los otros, Stalin ordenó a las autoridades locales, por medio de Pravda, que no se les diera trabajo. En un país donde el Estado es el único patrón, una medida de este género equivale a una sentencia a morir de hambre. El antiguo principio “quien no trabaja no come”, es reemplazado por este otro: “Quien no se somete no come”. No sabremos cuántos bolcheviques han sido excluidos, arrestados, deportados y exterminados a partir de … hasta el día en que se abran los archivos de la policía política de Stalin. No sabremos cuántos permanecen en la ilegalidad hasta el día en que comience el derrumbe del régimen burocrático.”

De modo que lo de que “quien no trabaja no come”, es un principio socialista, no capitalista, en este contexto. Pero desde luego, para alguien que es anti-socialista, ver esa frase de arriba, sacada de contexto y tergiversada, es mucha tentación. ¿Qué mejor que un ícono del socialismo, cantándole al capitalismo?

Aquí hay otra perla de Twitter, relacionada con la reciente separación de Carmen Aristegui de MVS:


¿Sólo hay una periodista confiable en todo México? Válgame Dios, ese no se midió. Qué afán tenemos, realmente, de construir mitos y héroes cada semana. Y la persona que hizo ese comentario que es obviamente de izquierda, deja bastante mal parados a La Jornada y Proceso.

Como dijo el historiador estadounidense Daniel J. Boorstin, en su libro The Discoverers: A History of Man’s Search to Know His World and Himself (1983): “El enemigo más grande del conocimiento no es la ignorancia, sino la ilusión de conocimiento.” Y claro que esa frase, en el internet, se le atribuye erróneamente al científico Stephen Hawking, que es mucho más famoso. No lleva el mismo peso decir “Como dijo Boorstin” que “Como dijo Hawking”. 

Ahora bien, estos son sólo un par de ejemplos entre cientos y miles, no lo pongo porque yo sea entusiasta de Trotsky ni de MVS. Aunque mis amigos de derecha creen que soy un maoísta de lo peor, y mis amigos izquierdosos creen que soy un cerdo capitalista, como ya había dicho antes. La verdad es que lo que me irrita no es el discurso de un lado u otro, porque ambos tienen parte de razón, sino la argumentación torpe.

Pero todo lo queremos poner en nuestras clasificaciones preconcebidas y si no podemos, nos saca de quicio. Lo siento, pero algunos necesitamos un molde con forma un poco más irregular.



VIDEO DEL DÍA


Este video es una colección de las primeras y últimas escenas de 55 películas famosas. Es genial:


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viernes, 20 de marzo de 2015

La mejor de todas




Discutir de cine es divertido. Es como discutir de deportes, pero mejor. Y por supuesto, como con cualquier arte, terminamos discutiendo qué es “lo mejor”, porque así somos. ¿Cuál es la mejor película de todas? ¿Ciudadano Kane, Cinema Paradiso, Europa? Quién es el mejor director que ha habido: Bergman, Eisenstein, Buñuel, Coppola, Scorsese?

Podemos hablar mejor de nuestros favoritos, pero es más divertido comparar. Y si entramos al tema de actores, las listas y las discusiones se siguen alargando:

Laurence Olivier, Marlon Brando, Robert Duvall, Jack Lemmon, Richard Harris, Marcello Mastroianni, Toshiro Mifune, Gerard Depardieu, Christopher Lee, Robert de Niro, Christopher Walken, Anthony Hopkins, Michael Caine, Al Pacino, Jack Nicholson, Daniel Day-Lewis, Gary Oldman, Denzel Washington, Javier Bardem, Christian Bale, Edward Norton, Leonardo di Caprio.

Nadie podría negar que en esa mínima lista —desde el más viejo hasta el más joven— hay sólo artistas extraordinariamente talentosos. Si alguien se atreviera a preguntar quién de entre ellos es “el mejor”, difícilmente podríamos poner a uno por encima de todos los demás de manera definitiva.

Artistas hay por miles, y el genio no se evalúa en listas, sino que cada uno tiene sus puntos fuertes, sus estilos, sus intereses, así como su contexto y las herramientas y las tecnologías con las que trabaja. ¿Podemos decir quién es el “mejor fotógrafo” entre Gabriel Figueroa y Emmanuel Lubezki? ¿Quién es mejor guionista, David Mamet u Oliver Stone?
Así es, hasta que llegamos a la discusión de actrices:

Greta Garbo, Katharine Hepburn, Elizabeth Taylor, Sophia Loren, Joan Crawford, Romy Schneider, Catherine Deneuve, Ingrid Bergman, Bette Davis, Sally Field, Judi Dench, Kathy Bates, Glenn Close, Ellen Burstyn, Emma Thompson, Jessica Lange, Juliette Binoche, Julianne Moore, Tilda Swinton, Gong Li, Kate Winslet, Natalie Portman, Dakota Fanning.
Esa lista es igual que la de actores; cada una de esas mujeres es fantástica, dueña y maestra de su arte y universalmente reconocida. Pero cualquier amante del cine puede ver a la primera ojeada que en esa lista, aunque pequeñísima, falta un nombre. Un nombre que simplemente no se puede omitir, porque si hacemos la pregunta, “¿quién es la mejor de todas?”, es muy difícil que no vayamos a llegar a una conclusión, a diferencia de los actores, directores, guionistas, camarógrafos, etc.
Aunque acabo de decir exactamente lo contrario, quizá la excepción es la que hace aquí la regla. ¿Injusto? Quizá. ¿Subjetivo? Seguramente, pero yo diría, ¿hasta qué punto? Dígame por favor, si es amante del cine, que la mejor de todas no se le vino a la mente de forma inmediata. Dígame si una discusión de actrices —o de “la mejor”— tendría la misma cantidad de aspirantes que una de actores.
Ni de lejos.
El nombre que falta en esa lista es la de una artista que simplemente está en una categoría por sí misma. Está ella, y luego siguen todas las demás. Esto es también universalmente reconocido: ha sido nominada como mejor actriz nada menos que 19 veces, un récord al que nadie se acerca, hombre ó mujer. Verla actuar es verla desaparecer y crear completo cada personaje, como sólo un puñado de actores lo puede hacer (Daniel Day-Lewis es uno de esos pocos). No hay una persona en el medio que no le rinda homenaje a su talento, que es de esos que aparecen, como se dice a veces, “una vez en cada siglo”. Es una suerte tenerla y poder apreciar una habilidad de esas dimensiones.
Es Meryl. Por supuesto que es Meryl.


VIDEO DEL DÍA


Una muestra de la habilidad de Meryl Streep para los acentos, que raya en lo sobrehumano:





miércoles, 18 de marzo de 2015

Los ojos del Cielo

Via BlueSkyCC



 “La vida es sueño”
-- Calderón de la Barca (1600-1681)


Wang Chong (27-100) fue un pensador chino poco apreciado por sus ideas poco convencionales: profundo conocedor del confucianismo y del taoísmo, su mente inquisitiva rompió ambos moldes y sus textos no podían clasificarse en ninguna de las tradiciones principales. Su obra maestra, el “Lunheng” (Discursos Críticos), es una de las obras más originales de la filosofía china, que a lo largo de dos milenios ha sido apreciada por tan sólo unos cuantos, y traza una de las primeras formalizaciones del materialismo racional, mucho más concreta que las imágenes mucho más abstractas del taoísmo.

Si bien en esa corriente (ya desde el siglo VI a.C.) se dice que el Tao es una entidad indefinible e inaprensible, que genera todas las cosas y les da su naturaleza, para el tiempo de Wang Chong esta idea se había mezclado con la idea más tradicional de “Cielo”, que es el proveedor, y que da premios y castigos dependiendo de la virtud humana.

Wang no admite que el Cielo tenga intención alguna ni relación de correspondencia con el hombre, como quieren los primeros taoístas, pero va más allá en sus explicaciones. Él considera que el Cielo es una entidad únicamente física, aunque con emanaciones más y menos sutiles, que son las que componen lo intangible y lo sólido. Hablando de las “Cinco Virtudes” del hombre (Justicia, Propiedad, Benevolencia, Sabiduría y Lealtad), dice que son formadas por las emanaciones sutiles, y que al encarnarse en la mente, ésta las reconoce como “benévolas”. Sin embargo, el Cielo mismo es inconsciente e inactivo y no puede practicar las virtudes de ninguna forma que se parezca a lo humano. Nuestra percepción de las “virtudes como buenas” son entonces resultado de la armonía espontánea entre la naturaleza de la mente y la naturaleza de las emanaciones del Cielo.

Llega entonces a una conclusión sorprendente porque, aunque había sido mencionada antes en el Libro de los Ritos (Li Ji), él la despoja de metáfora y sentido poético, y dice que “El corazón del Cielo está en el seno del hombre sabio”; esto es, que el Cielo —que no tiene corazón ni mente— siente y piensa a través de los corazones y las mentes de los sabios y de los hombres en general, porque éstos han sido formados de su esencia. Es a través del hombre, pues, que el Cielo se torna consciente y se ve a sí mismo. Los más sabios son los que están más en armonía con la naturaleza del Cielo, y por eso dice que “Cuando el Cielo da una reprimenda, lo hace por la boca de los sabios”.

Casi mil años después, el físico austriaco Erwin Schrödinger (1887-1961), pionero de la mecánica cuántica, llegó a una idea sorprendentemente similar por medios muy diferentes. En esos tiempos los físicos y otros científicos “duros” aún llevaban bastante filosofía en sus currículums, y muchos de ellos —como Einstein y Heisenberg— llevaban sus descubrimientos y sus teorías al plano de las implicaciones filosóficas: de qué significaban estos nuevos hechos objetivos para la comprensión de la existencia humana. Schrödinger estudió también la filosofía hindú clásica, y le intrigó la idea expresada en los Upanishads de que “Athman es Brahman”; esto es, que el “yo individual” es en cierto nivel, equivalente al “yo eterno” pero limitado por su percepción. En 1958, en su libro “Mente y Materia”, Schrödinger hace la observación de que esta experiencia mística del “ser uno con la divinidad” es común a muchas tradiciones, si bien es poco racional. Partiendo más bien de los increíbles descubrimientos de las décadas recientes acerca del misterioso mundo subatómico, hace un intento de propuesta acerca de la naturaleza de la conciencia: “La conciencia es un singular, del cual el plural es desconocido”. Al abundar un poco, dice: “¿Qué si sólo hay una sola cosa, y que lo que parece pluralidad es meramente una serie de aspectos diferentes de esa sola cosa?” En esencia es una idea parecida a la de Wang: el universo se encarna en ciertas formas materiales para poder crear conciencia. Y cada ser humano es “los ojos del universo”.

Esta idea había sido prefigurada se cierta forma tres décadas antes por su compatriota Carl Gustav Jung, el famoso pionero de la psicología, si bien en términos muy diferentes: Jung habla por primera vez, en su “Psicología del Inconsciente” (1921), del “inconsciente colectivo” y de las “ideas arquetípicas”: ideas base que la sociedad —no el universo— va formando con el tiempo, y que se encarnan de forma particular en cada individuo, modificadas por su temperamento y experiencia.

Estas propuestas acerca de cómo se manifiesta la conciencia van de la mano de otro problema igual de arduo: el problema de “mente-cuerpo” formalizado por Descartes (1596-1650), y que en nuestros días  fue rebautizado como el “problema duro” de la conciencia por el filósofo David Chalmers (1995). Es, básicamente: “¿Cómo es posible que la materia produzca conciencia?”, ó en otros términos, “¿Cuál es la relación entre el cuerpo y la mente?”

Muchos filósofos a lo largo de la historia han propuesto que la conciencia es un tipo de ilusión, y que el ser humano no puede ver la “realidad real”: desde el Maya (“ilusión”) de los hindús, pasando por la Alegoría de la Caverna de Platón, el Sueño de la Mariposa de Zhuangzi, ó el Genio Maligno de Descartes. En nuestros días se conoce como la teoría del “Cerebro en un Tanque”, por un ensayo del filósofo John Pollock: básicamente es preguntarse cómo es posible saber que la realidad es real, y no una fantasía creada por sombras, o un demonio, o unas computadoras malignas estilo Matrix.

Este problema es más filosófico que otra cosa, mientras que el primero es atacado tanto por filósofos como por la física y la neurociencia. En 1872, el filósofo alemán Emil Du Bois-Reymond dijo respecto de él, con resignación: “Ignoramus et ignorabimus”. Esto es, no sabemos ni podremos saber cómo es que la materia inerte produce conciencia, aunque seguramente lo hace. El problema sigue siendo fantásticamente espinoso y está lejísimos de ser resuelto, pero hay más optimismo que en aquellos años, o por lo menos hay una reformulación de lo que entendemos por la pregunta: la clave está en decir “materia inerte”.

El poeta inglés (1907-1973) Wystan H. Auden dijo en su poema “Heavy Date” de 1939 que:

  Aprendemos lentamente
  Y sabemos esto por lo menos,
  Que tenemos que olvidar
  Mucho de lo que nos han enseñado.
  Y nos volvemos cuidadosos
  Ante enfáticos dogmas.
  Pues el Amor, como la Materia
  Es más extraño de lo que pensábamos.

Así, podemos quizá aceptar la observación del filósofo contemporáneo Galen Strawson, de que quizá lo más sensible es aceptar que nos falta aún mucho por descubrir de esa llamada materia “inerte”, pues es más extraña de lo que pensamos. El gran Bertrand Russell ya lo había subrayado en 1927: “La física es matemática no porque sepamos mucho del mundo físico, sino porque sabemos muy poco, y tan sólo podemos descubrir sus propiedades matemáticas. Del resto, nuestro conocimiento es negativo.”

Mientras, el Cielo se ve a sí mismo a través de todos nuestros ojos. Y quizá sonríe.




domingo, 8 de marzo de 2015

La falacia del “Gobierno que nos merecemos”



Via Think Of That


Alejandro González Iñárritu puso de relieve de nuevo la frase del “gobierno que nos merecemos” en la ceremonia de los Óscares. Las palabras exactas fueron: “Ruego para que podamos encontrar y tener el gobierno que nos merecemos”.

Pero esta frase es falaz, si bien apela a un sentido muy arraigado del ser humano: el deseo de justicia, así como a la práctica de emitir constantemente juicios de valor moral y desear que la virtud sea recompensada con la fortuna. Esto tiene expresión en todas las culturas, desde la recompensa cristiana hasta el karma hindú.

Pero un gobierno no se encuentra, y menos rogando a los santos ni poniéndolos de cabeza. Ciertamente él no es el primero en expresar este deseo, pero es el más reciente en una larga línea de equivocaciones conceptuales. 

¿Cuál es el gobierno “que merecemos” y en virtud de qué somos merecedores de él? Y si no lo tenemos hoy, ¿alguna vez lo hemos tenido? Y si nunca lo hemos tenido, ¿cómo esperar tenerlo de repente o en el futuro muy cercano?  

Existe por otro lado la lapidaria frase de que “todo país tiene el gobierno que se merece”, pero a lo que voy es al uso problemático de la palabra “merecer”, porque está —por lo menos en Occidente— muy teñida de tintes morales y específicamente cristianos, acerca del acto de juzgar lo que es bueno y de qué recompensa merece; que no son aplicables tal cual a la evolución de una sociedad, si bien su sentido es correcto en lo general. 

En Occidente hay básicamente dos posiciones extremas en cuanto al acto de juzgar: la primera del idealismo cristiano y la segunda del realismo materialista. La Biblia, en Mateo 7:2, dice que “Con el juicio con que juzgáis seréis juzgados, y con la medida con que medís se os medirá”. Esto es un ideal filosófico y metafísico, con miras al perfeccionamiento del espíritu, que es una postura sin duda muy loable para el fuero interno del individuo pero que no se puede practicar en una sociedad, que demanda acuerdos colectivos y acciones específicas de acuerdo a cada acto, independientemente de qué tan filosófico sea el juez. 

La segunda postura puede ser ejemplificada a la perfección en un diálogo del personaje Rust Cohle, de la serie True Detective, que dice que “Somos carne pensante con identidades ilusorias, y construimos esas identidades haciendo juicios de valor: todo mundo juzga, todo el tiempo. Y si tienes un problema con eso… estás viviendo equivocado.”

De modo que si bien esta postura puede ser también un poco extrema si la llevamos a sus últimas conclusiones, si la moderamos un poco, es adecuada para ejemplificar nuestra realidad mental.

Ahora bien, la frase del “gobierno que nos merecemos” es problemática porque estamos juzgándonos a nosotros mismos y a nuestra  sociedad —lo cual es necesariamente sesgado— y adjudicándonos un “premio” idealizado en base a tal juicio. Pero veamos con más detenimiento por qué empezamos con dificultades al mezclar juicios individuales y colectivos.

¿Un niño huérfano en Indonesia merecía morir ahogado en el tsunami de 2004? Claro que vamos a contestar que no, y además el tsunami es un hecho fortuito. Pero si reformulamos la pregunta de varias maneras aparecen más matices cada vez más difíciles: una niña en Arabia Saudita ¿merece un gobierno teocrático que considera justicia en el siglo 21 dar latigazos a alguien que habla en contra de la violencia sexual? Aquí la respuesta sigue siendo que no, no lo merece. 

¿Anders Breivik, que asesinó a sangre fría a 77 personas en Noruega (2011), se merece el gobierno que tiene, que no permite la pena de muerte y le dio 21 años de condena?

¿Han Lei, de China, se merece el gobierno que tiene, que sí permite la pena de muerte y así lo condenó por matar a una niña de dos años por un altercado con la madre de la pequeña, por un lugar de estacionamiento?

En lo individual y en lo colectivo, lo que se “merece” cada quien o cada sociedad cambia drásticamente, y en cada caso de los que menciono estamos emitiendo un juicio de valor moral, que puede variar dependiendo de nuestras convicciones. Quienes están a favor de la pena de muerte contestarán de una forma respecto a Breivik y Han, que será distinta de quienes están en contra. Y si es así en lo individual, ¿qué será en lo colectivo?

Las sociedades construyen sus visiones del mundo —sus convenciones, sus ideas generales y sus reglas detalladas— y de ese caldo social y de ese conjunto de interacciones aceptadas, se engendra poco a poco la forma de establecer jerarquías y finalmente gobiernos. No se puede hablar de que una sociedad “merezca” un gobierno de la misma forma que se habla de si un individuo —un caso particular que es objetiva y legalmente inocente o culpable— lo merece. Es juzgar cosas distintas con una misma medida: la sociedad construye su entorno a través del tiempo, y sí, lo puede cambiar con mucha lentitud también, “mereciendo” cada resultado en lo colectivo. Pero no es un juicio de valor de la misma naturaleza que los casos individuales, y no se puede tomar así en el discurso, porque conduce a expectativas distorsionadas. 

Nietzsche dice atinadamente que “el poder es el placer más irrenunciable” porque, a diferencia de placeres como la gula o la lujuria que son temporales, el poder es un estado mental, algo que se sabe que tiene y que se puede ejercer en cualquier momento. Nadie está dispuesto a perder el poder —cualquiera que sea— una vez que lo obtiene y lo usa. Una de las consecuencias naturales de este uso es probar hasta dónde se extienden sus límites, sin tener que afrontar ninguna consecuencia adversa: es a lo que llamamos “corrupción”. 

Ahora bien, esto es verdad para toda sociedad y todo tiempo, pero lo que diferencia a una de otra son esas convenciones generalmente aceptadas que no pueden limitar el ansia de obtener y conservar el poder, pero sí limitar su forma de ejercerlo. En lenguaje moderno se les llama “contrapesos”, pero esa es sólo la dimensión legal: la parte más importante son las convenciones éticas de la sociedad; esto es, qué males se está dispuesto a tolerar a cambio de qué beneficios. O sea: “De acuerdo a mi pensamiento y al pensamiento de mi sociedad, Tolero X siempre y cuando Y”.

Franklin lo expresó en su famosa frase de que “Quien está dispuesto a ceder libertad a cambio de seguridad, no merece ninguna de las dos”, pero la historia nos indica que esa propuesta es frecuentemente muy aceptable y que la “X” de la ecuación puede ser bastante grande. Esto es tanto porque lo más preciado que tiene una sociedad es su estabilidad, como por el hecho de que una vez que un poder se establece, usa todos los medios para que su imagen propia y su discurso sean aceptables, siempre y cuando provea el mínimo de estabilidad requerida por su sociedad. Es entonces que los valores aceptados y la relación gobierno-sociedad se convierten en un ciclo que se empieza a alimentar a sí mismo: los límites del poder (abusos) se van expandiendo si la sociedad los acepta, y los valores van cambiando imperceptiblemente a lo largo del tiempo, hasta llegar a veces a situaciones en las que el poder se ejerce de forma indiscriminada y sin contrapesos importantes, y la sociedad considera este comportamiento como “normalidad”. Las quejas no se acaban, porque siempre existen los ideales, pero sus manifestaciones pueden ir perdiendo terreno en lo público y limitarse cada vez más a lo privado. 

A lo largo del tiempo, si la situación de hace intolerable —ya sea por la falta de estabilidad mínima o porque la percepción del uso del poder se hace inaceptable— la sociedad puede tener una “erupción”, creando límites al ejercicio del poder y pasando a un nuevo sistema de valores, más aceptables. Sin embargo este tipo de “despertares” normalmente requieren de una circunstancia excepcional, que en muchas ocasiones involucra violencia y largos periodos de inestabilidad mientras se hace la reconstrucción. Las grandes revoluciones modernas como la francesa, tomaron muchas décadas para poder realizar estos cambios de paradigma. 

Un caso que vale la pena notar pero que no es reproducible, es la creación de los Estados Unidos, en la que un grupo reducido de personas huyeron de lo “indeseable” (el sistema obsoleto de Europa) y arrancaron un nuevo sistema empezando prácticamente de cero, con un sistema rígido de valores éticos fundacionales, pero sobre todo con una sociedad civil fuerte y participativa, que fue celebrada en 1840 por el francés Alexis de Tocqueville en su libro “La Democracia en América”, donde la compara favorablemente contra las anquilosadas e inamovibles sociedades europeas. 

Toda sociedad tiene sus propias válvulas de escape que le permiten afrontar las cosas indeseables, así como su punto de ebullición, su disparador, y su forma más o menos caótica de explotar: lo que en una nación es normal en otra es inaceptable. Pero lo que ninguna sociedad tiene es la capacidad para reclamar “lo que se merece” en un juicio meramente moral, como si la fortuna fuera consecuencia de una virtud generalizada. El Marqués de Sade se burló de esta expectativa individual y colectiva en su “Justine, o Los Infortunios de la Virtud” (1791), y en la modernidad la filosofía ha dejado atrás ese concepto que relaciona Virtud y Fortuna en las sociedades.

De modo que —sin dejar de tener ese ideal  de “Justicia Social” como norte— más que rogar por encontrar algo que creemos merecer, podemos crear justicia en nuestro entorno inmediato. Porque la vociferación es útil como acicate en lo público, pero no hay factor de cambio más poderoso que el propio ejemplo; para que cuando alguien nos pregunte qué se puede hacer realmente para “cambiar”, podamos abrir la puerta de nuestra casa y decir, “Esto”.

No subestimemos el deseo de mejorar por medio de la simple imitación.





VIDEO DEL DÍA


La ingeniería se convierte en arte. Este es un video de la fábrica de ensamblaje robótico de BMW en Munich. Hay que verlo para creerlo.