martes, 25 de junio de 2019

La angustia de tener sangre en las manos


La Batalla de Gettysburg es una de las más famosas y estudiadas de la historia; es el evento que decidió la victoria del norte (la Unión) contra el sur (los Estados Confederados) en la Guerra Civil de EEUU.

Se han escrito miles de libros sobre esta batalla que ganó el norte; en poquísimas palabras, los lados se veían más o menos equilibrados en sus fuerzas, pero el Norte tenía una posición de terreno más ventajosa. El General Robert E. Lee, del Sur, decidió lanzar un ataque con todos sus hombres, pero para poder llegar debían recorrer una milla de campo abierto. La decisión fue fatal porque sus soldados fueron despedazados por el fuego enemigo antes de poder llegar a la posición contraria.

Es un cliché de las películas de guerra el enfocarse en las pequeñas historias personales dentro de un gran conflicto: los soldados con sus historias familiares, sus dramas entre ellos mismos y los acercamientos íntimos a sus dilemas. Por lo general los soldados son representados como carne de cañón envueltos en un conflicto que no les pertenece, mientras que los generales y presidentes son representados de forma menos empática, como gente que manda a la muerte a miles de hombres para satisfacer sus objetivos personales. Hay excepciones, por supuesto, una de las cuales es Patton (1970), con el magnífico e inolvidable George C. Scott.

En fin, que el drama personal de un general es menos común que el de un soldado, pero no por eso menos importante: el tener poder de vida y muerte sobre hombres a quienes conoce y aprecia, con quienes ha compartido amargura y al lado de quienes ha peleado, no es ninguna cosa menor. El General Lee causó la muerte de miles de sus hombres y sufrió un profundísimo remordimiento por sus acciones. Existe una amplia documentación de su historia, pero quiero compartir una en especial, breve y que me parece muy poderosa:

En 2004, el grupo de heavy metal Iced Earth grabó The GloriousBurden, un álbum conceptual en donde todas las canciones tratan de escenas y personajes famosos de la guerra, como Waterloo, Valley Forge, Atila y el Barón Rojo. La pieza central de este álbum es Gettysburg (1863), una épica increíble de 32 minutos. En la tercera parte, High Water Mark, se describe un intercambio entre el general Lee y el general James Longstreet, quien le recomienda cambiar su plan; luego la batalla y su resultado; y finalmente la reacción de Lee.

Aquí comparto mi traducción al español, de ese peso infinito que debe tener para siempre sobre sus hombros, un hombre que nunca se podrá lavar la sangre de sus manos:


Lee:
“Estuvimos cerca ayer, pensé que romperíamos su defensa.
Pero la estrategia que he planeado lo hará:
un ataque en masa en campo abierto, directo a su centro,
ahí se romperán.
Planearlo bien. ¡Arriesgamos todo!
Y así será: que ni un cañón quede callado
hasta que cargue nuestra infantería.
Ejecútenlo bien, pues arriesgamos todo.
Está ya en las manos de Dios.”

Longstreet:
“General, debo decirle sin ambages, este plan fallará.
No han nacido quince mil hombres
que puedan avanzar una milla a campo abierto
y bajo el fuego yanqui.”

Lee:
“¡Cada quien que cumpla su deber,
y el tuyo, es confiar en mi plan!
¡Ejecútenlo bien, pues arriesgamos todo!
Está ya en las manos de Dios.”


Los cañones rebeldes rompen el silencio: ciento cincuenta bocas de fuego.
Deben destruir el centro de la Unión antes de que la infantería avance.
Los yanquis contestan el fuego y la tierra se cimbra:
en la lejana Washington, Lincoln puede sentirla temblar.

Han escogido a los virginianos:
esperan tras los árboles de Seminary Ridge.
Longstreet titubea al dar su orden
y una línea de quince mil hombres se despliega.
La carga empieza en toda su grandeza
y muchos saben que éste es su último día en la tierra.

La matanza da comienzo: los cuerpos caen como la lluvia.
Avanzan con valor y condenados a la muerte.
A paso redoblado van al frente
mientras los despedaza la metralla.
Marchan a las fauces del infierno
y su única recompensa es morir con gloria.


Lee:
“Todo ha terminado, estamos en plena retirada…
Nunca pensé que pudiésemos ser vencidos
toda esta sangre… está en mis manos.

“Miles de muertos, por mi plan.
Soy responsable, la culpa es mía.
¡Creí que éramos invencibles!
¿Es ésta la voluntad de Dios?
Miro el campo bañado en sangre…
¡Toda la sangre, en mis manos!

“Dios, perdóname, por favor perdóname.
Toda la culpa
es mía
toda la sangre
toda está en mis manos.”


  

lunes, 17 de junio de 2019

Rompiendo promesas: cómo se hace un dictador



Cuando llegó al poder todo le favorecía: el país necesitaba —o por lo menos creía necesitar— de nueva cuenta, un salvador. Las demandas: buena gobernanza, eliminar la corrupción, y frenar el creciente crimen y la violencia.

Apoyado por intelectuales distinguidos, el presidente preparó un programa político-social que capturó de forma perfecta el sentir del país. En él, prometió atacar y cortar de tajo los males que aquejaban a la nación: prometió no sólo reducir, sino erradicar la corrupción, condenándola en los términos más enérgicos. Prometió prosperidad para los pobres; prometió acabar con los dispendios escandalosos del gobierno, como por ejemplo gastos en vuelos y banquetes de lujo. Prometió un gobierno de unidad nacional y que el país llegaría a niveles altos de prosperidad en poco tiempo.

Subrayó que el significado de soberanía es que el pueblo sea servido por el gobierno. Dijo que el líder del país debe cumplir y que incluso la gente debe poder decidir si se va antes de terminar su mandato. También prometió que la ley debe estar basada en los deseos de la gente, y que estos deseos se pueden apreciar por medio de consultas populares. Esta agenda le ganó una popularidad sin precedentes en el país y en muchos lugares en el extranjero.

Pero las cosas cambiaron. En menos de un año, se olvidó de sus promesas y empezó a implementar una “agenda de shock” de ajuste de gastos. Rechazó los consejos de analistas nacionales e internacionales; contradijo o despidió a miembros de su propio gabinete; valuó más el trabajo de sus leales que el de expertos. Las políticas aplicadas no tuvieron los resultados deseados y de hecho el crecimiento económico empezó a decaer. La principal prioridad se volvió el mantener el poder, y esto se hizo a través del clientelismo, prácticas corruptas de toda la vida, la división del pueblo en sectas y el patronazgo de sus incondicionales.


Esta historia, por supuesto, se refiere a Yoweri Museveni, quien tomó el poder en Uganda en 1986 y se ha perpetuado en él desde entonces.

Esto no tiene por qué pasar en México. Pero debemos abrir los ojos. La historia está ahí: muchas, muchas veces repetida.




VIDEO DEL DÍA

Dictator’s Playbook” es un documental imperdible de la PBS, que analiza las técnicas que seis dictadores del siglo 20, desde Mussolini hasta Saddam Hussein, han usado para establecer y perpetuar sus regímenes:

www.pbs.org/video/dictators-playbook-series-preview-3uj8e4/