viernes, 17 de octubre de 2014

Experimentos en la calle (III): Orígenes


 

Porque claro que hay que ponerle un subtítulo atractivo a cada secuela ó precuela, así como le hace ahora Hollywood. Por cierto que “precuela” me parece una palabra que suena espantosa, y aunque ya es de uso común y está en la Wikipedia en español y hasta en Google Translate, por lo menos la RAE se resiste a aceptarla aún:


La inventaron de hecho en inglés (prequel) en 1958, pero no se hizo popular sino hasta hace muy poco con las nuevas películas de Star Wars, y algún desocupado que no quiso buscar en el diccionario sinónimos de Precedentes o Prólogo, pues nomás le puso la “-a” para acabar pronto.

Pero bueno, la cosa es que voy a hablar de los orígenes de los experimentos en la calle, y aunque ya dije que las experiencias de extraños ayudándome en Europa fueron determinantes, por supuesto no fueron las primeras. De hecho –porque fueron muchas y en un periodo muy corto de tiempo– me hicieron ponerme a pensar en la cuestión general de la ayuda desinteresaday acordarme de otras ocasiones. Y aunque muchas veces me había pasado, siempre regreso a una en particular, en Monterrey en 1990:

Mi mejor amigo y yo salimos con dos chicas. No eran intereses románticos, sino que una de ellas era amiga de una ex novia y la otra era su hermana, y cuando yo aún salía con la ex, a veces ellas dos se juntaban con nosotros, así como mi amigo y su propia novia, que ahora era su ex y…

¿Sabe qué? Eso no importa en absoluto. La cosa es que cuatro personas salimos a cenar, e íbamos todos en mi camioneta.

Cuando salimos del restaurante ya era tarde, como las 11, y al llegar a mi camioneta –que era una Ford 79 hermosa pero problemática– nos dimos cuenta de que no encendía. Algo del alternador o sabrá Dios qué cosa, pero el problema no era algo que se podía solucionar ahí mismo echándole un ‘gallito’ de gasolina al carburador o dándole unas patadas. Y para acabarla, hacía frío y estábamos en una colonia alejada de calles principales y no se veía ni un taxi. Así que las chicas nos empezaron a echar esas miradas de “¿Y BIEEEEN?” desde dentro de la camioneta.

Total que en esta situación, con el cofre de la camioneta abierto y nosotros dos discutiendo en la calle, se detuvo un coche y se bajó un niño de 19 años y nos preguntó qué pasaba. Lo vimos tan confiado que le dijimos el problema y le preguntamos si sabía de mecánica.

“Pues no, ni idea. Pero súbanse a mi carro y los llevo a sus casas.”

Esto fue en 1990, antes de la paranoia, antes del cinismo, antes de enterarnos todos los días por internet de maniáticos asesinos. Pero aún así, la oferta sonó tan descabellada –y sin siquiera preguntarnos a dónde íbamos– que le dijimos que no. Por cierto, íbamos a tres partes de la ciudad muy diatantes entre sí.

Pero él insistió e insistió hasta que nos convenció, y además porque en un cuarto de hora de estar en la calle viendo el motor y otro cuarto de hora discutiendo, no había pasado un solo taxi. Así que nos subimos con él y en el trayecto escuchamos la historia más inverosímil de lo que estaba haciendo.

Resulta que no era alguien que iba pasando por casualidad. O bueno, en realidad sí nos vio por casualidad, pero no era casualidad que anduviera en la calle a esa hora. Nos contó que a los doce años, su padre lo empezó a llevar en sus “excursiones de ayuda nocturna”: una vez al mes, ambos se ponían a dar vueltas por la ciudad desde las 10 hasta las 12 de la noche para ver si encontraban a gente en problemas, y les ofrecían la ayuda que pudieran. Cada mes sin importar si lloviera o relampagueara, salían. Y cuando cumplió 18 años su padre le permitió empezar a hacer sus propias rondas, así que podían estar de “ángeles guardianes” una vez por quincena.

Sólo recuerdo que nos quedamos tan impresionados que no sabíamos ni qué decir, ni qué preguntar, de tan chiquitos que nos hizo sentir. Mi amigo, que fue el último en bajarse porque era el que iba más lejos, le ofreció llenarle el tanque de gasolina, pero el chico rehusó. 

A veces me pregunto si hoy en día seguirá recorriendo las calles, ahora con su hijo.


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HEY: si por alguna coincidencia me estás leyendo hoy: Gracias de nuevo. Has honrado a tu padre.
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VIDEO DEL DÍA


Las películas de Wallace & Gromit ó Chicken Run son maravillas modernas usando la técnica tradicional de Stop Motion, y mis lectores más longevos ya sabrán que soy fan. Una de mis películas favoritas de ese estilo es The Year Without a Santa Claus (1974), uno de esos especiales de Navidad que pasaban antes, y que tiene dos números musicales geniales, entre el Rey del Invierno y el Rey del Verano:





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