Gustave Le Bon (Psicología de las masas, III:4.
1895)
Las masas electorales constituyen masas heterogéneas;
pero como no actúan más que en un determinado asunto —elegir entre diversos
candidatos—, no se pueden observar en ellas más que algunas de las
características de las masas en general. Éstas son sobre todo: una escasa
aptitud de razonamiento, ausencia de espíritu crítico, irritabilidad,
credulidad y simplismo; y en sus decisiones se descubre también la influencia
de los líderes.
Examinemos cómo se las seduce. A partir de los
procedimientos con los que mejor se logra este fin, deduciremos claramente su
psicología.
La primera de las cualidades que ha de poseer el
candidato es el prestigio. El prestigio personal no puede ser
sustituido más que por el que proporciona la fortuna. El talento, el genio mismo,
no constituyen factores de éxito. Esta necesidad de prestigio por parte del
candidato: de poder imponerse sin discusión, resulta capital. Si los electores,
que son sobre todo obreros y campesinos, eligen tan raras veces a uno de ellos
para representarles, es porque las personalidades surgidas de sus filas no
poseen para ellos prestigio alguno. No nombran a un igual sino por razones
accesorias, para contrarrestar, por ejemplo, a un hombre eminente, a un patrono
poderoso y del cual depende cada día el elector y que tiene así la ilusión de
dominar, al menos por un instante.
Pero la posesión de prestigio no basta para asegurar
el éxito al candidato. Al elector le gusta que le halaguen sus ambiciones y sus
vanidades; el candidato ha de abrumarle con extravagantes y serviles
adulaciones y no vacilar en hacerle las más fantásticas promesas. Ante los
obreros no ha de cansarse de injuriar y fustigar a sus patronos. En cuanto al
candidato adversario, se intentará anularle procurando convencer a los electores,
mediante afirmación, repetición y contagio, que es el último de los canallas y
que nadie ignora que ha cometido diversos delitos. Desde luego, sin aportar
nada que se asemeje a una prueba.
Si el adversario conoce mal la psicología de las
masas, intentará justificarse mediante argumentos y no tendrá probabilidad
alguna de triunfar. En lugar de eso, debe responder sencillamente a las
afirmaciones calumniosas mediante otras aseveraciones igualmente calumniosas.
El programa escrito del candidato no será muy categórico,
ya que sus adversarios podrían achacarle posteriormente su incumplimiento; pero
el programa verbal no corre nunca el peligro de ser excesivo. Pueden
prometerse, sin temor, las más considerables reformas. Tales exageraciones
causan mucho efecto de momento y no comprometen nada para el futuro. En efecto,
el elector después no se preocupa en absoluto, por saber si el elegido ha sido
fiel a la profesión de fe proclamada y sobre cuya base se supone que tuvo lugar
la elección.
El orador que sabe manejar las fórmulas de persuasión
de masas, las conduce a su placer. Expresiones tales como “el infame capital”, “los
viles explotadores”, “el admirable obrero”, “la socialización de las riquezas”,
etc., producen siempre el mismo efecto, aun cuando están ya algo gastadas. Pero
el candidato que puede descubrir una fórmula nueva, desprovista de sentido
preciso y, en consecuencia, adaptable a las aspiraciones más diversas, obtiene
un éxito infalible.
La sangrienta revolución española de 1873 fue
realizada mediante una de tales palabras mágicas, de complejo sentido y que cada
cual puede interpretar con arreglo a su esperanza. Un escritor contemporáneo ha
narrado la correspondiente génesis en los siguientes términos, que merecen ser
mencionados:
Los radicales habían descubierto que una república centralizada
es una monarquía disfrazada y, para agradarles, las Cortes proclamaron
unánimemente una “república federal”, sin que ninguno de los votantes hubiera
podido definir aquello que acababa de ser votado. Pero dicha fórmula encantaba
a todo el mundo: fue un delirio, una embriaguez. Se acababa de inaugurar en la
tierra el reino de la virtud y de la felicidad. Un republicano al cual rehusaba
su enemigo el título de “federal”, se ofendía por ello como si se tratase de
una mortal injuria. La gente se saludaba por las calles diciendo: “¡Salud y república
federal!” Se entonaban himnos a la santa indisciplina y a la autonomía del
soldado. ¿Qué era la república federal? Unos entendían por ella la emancipación
de las provincias, instituciones parecidas a las de Estados Unidos o la
descentralización administrativa; otros pretendían la anulación de toda
autoridad, una próxima liquidación total social. Los socialistas de Barcelona y
Andalucía proclamaban la soberanía absoluta de las comunas: querían dividir a
España en diez mil municipios independientes que no se rigiesen más que por sus
propias leyes, suprimiendo al mismo tiempo el ejército y la policía. Muy pronto
se vio, en las provincias del Sur, propagarse la insurrección de ciudad en
ciudad, de pueblo en pueblo. En cuanto una comuna había realizado su
pronunciamiento, lo primero que hacía era destruir el telégrafo y los
ferrocarriles, a fin de cortar todas sus comunicaciones con sus vecinos y con
Madrid. No había aldea, por pequeña que fuese, que no quisiera hacer rancho
aparte. El federalismo se había convertido en un cantonalismo brutal,
incendiario y asesino y por doquier se celebraban sangrientas saturnales.
Por lo que se refiere a la influencia que los
razonamientos puedan ejercer sobre el espíritu de los electores, sería preciso
no haber leído jamás las actas de reuniones electorales para carecer de una
firme opinión sobre este tema. En dichas asambleas se intercambian
afirmaciones, invectivas, golpes a veces, pero jamás razones. Si se
permanece en silencio durante unos instantes, es porque un asistente anuncia
que le va a plantear al candidato una de aquellas preguntas embarazosas que
regocijan siempre al auditorio. No obstante, la satisfacción de los opositores
no dura mucho, ya que la voz del locutor queda muy pronto cubierta por los
gritos de los adversarios. Pueden considerarse como prototipo de reuniones
públicas las siguientes, cuyos resúmenes, tomados entre centenares de otros
semejantes, han sido publicados por los diarios:
El orador carga a fondo contra los socialistas, que le
interrumpen gritando: ¡Cretino! ¡Bandido! ¡Canalla!, etc., epítetos a los que
el compañero X... responde exponiendo una teoría según la cual los socialistas
son unos idiotas o unos farsantes. (...).
El compañero G... trata a los socialistas de cretinos
y payasos. Oradores y oyentes comienzan entonces a increparse y llegan a las
manos; se lanzan sillas, bancos, etc.
Pero no creamos que este género de discusión es propio
de una determinada clase de electores y procede de su situación social. En toda
asamblea anónima, aunque esté compuesta exclusivamente por universitarios, la
discusión reviste fácilmente las mismas formas. Los hombres, cuando están en
masa, tienden hacia la igualación mental y a cada instante hallamos pruebas de
ello.
Uno se pregunta cómo en semejantes condiciones de
constante insulto, puede formarse la opinión de un elector. Pero plantear tal
pregunta equivaldría a ilusionarse acerca del grado de libertad del que goza
una colectividad. Las masas tienen opiniones impuestas, jamás opiniones
razonadas. Dichas opiniones y los votos de los electores se hallan en manos de “Comités
Electorales”, cuyos directivos son, con frecuencia, unos cuantos bodegueros o
taberneros, muy influyentes entre los obreros y a los cuales prestan crédito.
Uno de los más valerosos defensores de la democracia, Scherer, escribe:
Los comités, sean cuales sean sus nombres: clubs,
sindicatos, etc., constituyen uno de los temibles peligros del poder de las
masas. Representan, en efecto, la forma más impersonal y en consecuencia más
opresora de la tiranía. Los directivos de comités que hablan y actúan en nombre
de una comunidad están liberados de toda responsabilidad y pueden permitirse
todo. Ni el más feroz de los tiranos habría soñado jamás las órdenes impartidas
por los comités revolucionarios de Francia. Los comités, dice Barras, diezmaron
y metieron en cintura a la Convención. Robespierre fue el amo absoluto mientras
pudo hablar en nombre de ellos. El día en que, por cuestiones de amor propio,
el temible dictador se apartó de ellos, marcó la hora de su ruina. El reino de
las masas es el reino de los comités y, en consecuencia, de sus líderes. No
cabe imaginar despotismo más duro.
No es tampoco demasiado difícil influir sobre ellos, si
el candidato es relativamente aceptable y posee los suficientes recursos
económicos. Así es la psicología de las masas electorales: idéntica a la de las
otras masas. Ni mejor, ni peor.
El sufragio universal.
Si de mí dependiese su suerte, lo conservaría tal como
es, y ello por motivos prácticos... Los fallos del sufragio universal son
evidentemente demasiado visibles como para ser ignorados.
El dogma del sufragio universal posee hoy el poder que
tenían antes los dogmas cristianos. Oradores y escritores hablan de él con un
respeto y unas adulaciones que no conoció ni siquiera Luis XIV. Hay que conducirse
pues, a su respecto, como frente a todos los dogmas religiosos. Tan sólo el
tiempo actúa sobre ellos. Intentar combatir este dogma sería también tanto más
inútil puesto que existen aparentes razones en su favor: en época de igualdad,
dice justificadamente Tocqueville, los hombres no tienen ninguna fe unos en
otros, a causa de su parecido; pero esta misma similitud les proporciona una
confianza casi ilimitada en el juicio del público, ya que no les parece
verosímil que, poseyendo todos parecidas luces, no se encuentre la verdad del
lado del mayor número.
¿Hemos de suponer entonces que un sufragio restringido
—restringido a los capaces, si se quiere— mejoraría el voto de las masas? No
puedo admitido ni por un instante, por los motivos relativos a la inferioridad
mental de todas las colectividades, sea cual fuere su composición. En masa, los
hombres se igualan siempre y, por lo que respecta a cuestiones generales, el
sufragio de cuarenta académicos no es mejor que el de cuarenta aguadores.
El hecho de que un individuo sepa griego o
matemáticas, sea arquitecto, veterinario, médico o abogado no le dota de
particulares luces en cuestiones de sentimientos. Ante problemas sociales,
llenos de múltiples incógnitas y dominados por la lógica mística o la lógica
afectiva, todas las ignorancias se igualan. Así pues, si el cuerpo electoral
estuviese exclusivamente compuesto por gentes llenas de ciencia, sus votos no
serían mejores que los de ahora. Se guiarían sobre todo con arreglo a sus
sentimientos y al espíritu de su partido.