lunes, 5 de mayo de 2014

Amor a la bicicleta, el gol más fácil de la historia y otras remembranzas





He usado la bicicleta como medio principal de transporte por más años que el coche. Para alguien nacido en Monterrey y pasados los cuarenta, esto es bastante poco común. Pero debo decir que he vivido más de la tercera parte de mi vida fuera de Monterrey, en España y China, así que eso ya hace más sentido.

Andar en bicicleta y lavar trastes son dos cosas que disfruto muchísimo, porque ambas son de esas actividades mecánicas en las que no se requiere poner toda la atención, y que en cambio - por lo menos a mí - me permiten ponerme a pensar en otros temas. En muchísimas ocasiones he desarrollado alguna idea para un artículo, para una pieza musical o para una clase mientras ando en bicicleta o lavo una taza. Pero de las dos, prefiero la bici por mucho ya que el placer no se acaba tan rápido y además puedo disfrutar los parques mientras me pongo a divagar, por ejemplo, sobre las relaciones entre la poesía china y los triángulos de Pitágoras. Es una libertad casi tan hermosa como la sensación de volar en un sueño, pero más productiva.

Pero empecemos de más atrás. También, para un niño de clase media en Monterrey, mi infancia fue poco usual en tanto que nunca aprendí a andar en bici. De hecho, como buen nerd odiaba los deportes, excepto por alguna razón el basquetbol, en el que igual era malísimo pero me disgustaba menos que el omnipresente futbol. La primaria donde estaba por supuesto tenía canchas de futbol, equipos de futbol, torneos, etc. a todo lo cual me resistía con un ardor casi religioso. Pero claro que había veces que me obligaban a meterme a correr de aquí para allá sin jamás siquiera acercarme al balón. A mi papá esto no le preocupaba demasiado ya que él mismo detestaba el fútbol, y veía que un pequeño nerd difícilmente iba a aprender a patear con chanfle.

En una de esas ocasiones en que el entrenador me dijo que TENÍA que jugar, le expliqué que ni siquiera me sabía bien las reglas. Los compañeros decidieron que me pusiera de portero. La regla es la más sencilla de todas: no dejes que pase el balón. Así que ahí estaba yo en la portería, viendo a todos corriendo y gritando con un desinterés infinito. Creo que mi equipo iba ganando, porque pasó un largo tiempo y nadie se acercaba a mi portería. Así que, aburrido a más no poder, me puse a inspeccionar unas formas muy curiosas que la herrumbre había dibujado en uno de los postes. El lector puede imaginarse lo que siguió…

EL GOL MÁS FÁCIL DE LA HISTORIA, por supuesto.

Ni siquiera escuché los gritos que se acercaban. Absorto como estaba con el poste extrañamente decorado, de repente vi un balón entrando alegremente por el enorme espacio desierto de mi portería, seguido de cerca por la cadena más larga de insultos que escuché siendo niño. Sobra decir que después de esa infame actuación, el entrenador decidió dejarme como caso perdido.

Ahora bien, nunca odié la bici, pero la verdad es que nunca tuve mucha oportunidad de usarla. Una Navidad, mi hermana y yo recibimos una bici y una patineta respectivamente, y aunque no era yo un as de las calles ni mucho menos, esa patineta morada sí que me conquistó y pasé horas con ella porque era algo que podía practicar a solas. Y así, a solas como en el poema de Poe, amaba estar aunque terminara lleno de moretones. La bici de mi hermana la monté un par de veces pero como tenía rueditas a los lados, y yo a todos mis amigos los veía hacer saltos mortales con sus bicis tipo cross, me parecía que no era muy cool. Así que a los 10 años, era un perfecto extraño en el mundo de las dos ruedas y la forma en la que aprendí a usarla fue por demás extraño.

Es realmente notable el poder del miedo al ridículo - en especial en un preadolescente - y las cosas que podemos hacer para superarlo. Supongo que más de una declaración de amor, un duelo con pistolas o un gran descubrimiento que ha cambiado el curso de la historia se ha dado simplemente por no querer quedar mal enfrente de alguien más.

Así es como sucedió la revelación para mí: en aquel entonces, teníamos unos pocos años de haber conocido a un par de familias texanas, que eran conocidas de una amiga de mi madre. Nos habíamos caído tan bien con esos gringos que seguido nos visitábamos mutuamente y hemos mantenido el contacto hasta el día de hoy. De hecho cuando Laura, la hija de una de esas familias, tuvo a su bebé, vino con nosotros a Monterrey para bautizarlo y que mis padres se convirtieran en padrinos.

En una de esas ocasiones, estábamos en en McAllen en la nueva casa de la otra familia, la familia Sanders (así como el coronel). Recién se acababan de mudar y vivían en una de esas colonias privadas en los suburbios, que ahora también se han hecho populares en México. Mientras los mayores se preparaban a encender el asador, alguien preguntó que si había refrescos para nosotros. Al ver que no había, la mamá de Eddie, que era mi amigo y tenía un año más que yo, le dijo que fuéramos a la tienda a comprarlos. En bici.

Los niños son especialmente perceptivos. Eddie rápidamente me dijo que fuéramos al garaje por las bicis y debió haber notado una vacilación mía en menos de un nanosegundo. Inmediatamente, con ese tono burlón que nadie quiere oír jamás, me dijo enfrente de todo el mundo, “¡No me digas que no sabes andar en bicicleta!”

Mis papás y mi hermana sabían perfectamente la respuesta, pero antes que nadie tuviera tiempo de interceder por mí ni aclarar nada - cosa que por supuesto hubiera sido todavía peor - me escuché decir: “¡Claaaro que sí sé, vamos!”

No me esperé a ver qué cara ponían mis papás, y me fui corriendo con Eddie al garaje, donde estaban ahí las fatídicas bicis. Eddie me dijo cuál tomar: una bici verde que nunca se me va a olvidar; y salimos con ellas a la calle. Y de repente, pasó.

Lo siguiente que recuerdo es que estaba montado en la bici, al lado de Eddie, yendo a la tienda. Con una mezcla extraña de orgullo y de sopresa, y una sensación de libertad que nunca había conocido pero que siempre he conservado.

En las calles de Sevilla amé cada minuto de andar en bici entre los barrios antiquísimos y estrechos. Amé el momento en que por fin aprendí a andar sin manos y cuando regresaba a mi casa a medianoche desde el otro lado de la ciudad. La bici que usaba allá la encontré de forma improbable en el mini-jardín de mi estudio - un cuarto de 20 metros cuadrados que era cocina-recámara-ropero. El estudio estaba en un primer piso y durante las primeras dos semanas ni siquiera podía abrir la puerta que daba al jardín, porque el ocupante anterior probablemente no era amante de las carnes asadas y lo había dejado crecer que parecía el Bosque de los Ents  (esa es una referencia sólo para nerds). Así que un día le pedí ayuda a unos amigos del edificio para desmontar la selva que tenía ahí fuera, y después de desmontar la selva por medio día, encontramos ahí una bici desarmada, y una gata a punto de dar a luz. Mis amigos me ayudaron a limpiar y armar la bici que desde entonces fue mi medio de transporte y meditación. Y la gata tuvo su camada dos días después sobre mi cama, mientras estaba yo en el trabajo.

Y realmente son meditaciones y trabajo creativo lo que podemos hacer cuando encontramos una actividad que nos ocupa el cuerpo pero nos libera la mente para divagar y soñar despiertos a placer. Para mí ha sido la bici. Después de quince años en China, me subo a ella como alguien más puede sentarse frente a su escritorio a pensar, o encerrase en su estudio a meditar o rememorar. A veces recuerdo anécdotas que creía olvidadas, a veces encuentro alguna respuesta a un problema en el que estoy trabajando, a veces imagino un diálogo con alguna persona que tengo años sin ver.

Y a veces se me ocurre que alguien más puede hacer exactamente lo mismo.



VIDEO DEL DÍA

‘Putin on the Ritz’ es un video tan genial como ridículo, que no requiere explicación:


sábado, 26 de abril de 2014

Cuando las matemáticas vienen a salvar tu vida




Igor Tamm (1895-1971) fue un físico y matemático ruso. En 1958 recibió el Premio Nobel de Física por su trabajo con un fenómeno llamado "Radiación de Cherenkov." Esa radiación se genera cuando una partícula pasa por un medio dieléctrico más rápidamente que la velocidad de fase…    

Um.  Bueno, olvídese de eso, el resultado es que da una luz azul de película de ciencia ficción:

 

Wikipedia

Y ultimadamente, este artículo no es acerca de radiaciones, sino de matemáticas. Bueno no de matemáticas en sí —porque mis apreciados lectores se pasarían directo a la sección del Video del Día— sino del científico mencionado al principio.

En la Primera Guerra Mundial, Tamm se unió al ejército como asistente médico de campo, y para finales de la guerra era parte del movimiento revolucionario, y un enérgico antibelicista. Cuando estalló la Revolución Rusa (1917) se encontraba cerca de la ciudad de Odessa y fue capturado por vigilantes anticomunistas. Como andaba de noche y solo, buscando comida, sospecharon que era algún agitador anti-ucraniano y se lo llevaron a su líder, que había sido un profesor de universidad. 

Al ser interrogado, Tamm contestó que era matemático y el líder de los vigilantes, escéptico, le dijo, “Muy bien. Calcula el error cuando la aproximación de una función por medio de series de Taylor se trunca después de N términos. Si respondes te dejaré ir, si fallas te fusilaremos.” 
 
Tamm se puso a hacer el cálculo sobre el polvo del suelo, con su dedo. Al terminar, el líder vio la respuesta y agitó la mano, indicando a sus subalternos que lo dejaran ir.

Seguramente la historia es apócrifa, pero una historia no necesita ser verdadera, sino sólo verosímil, para comunicarnos su punto. El respeto que un hombre puede tener por un alma gemela, que comparte el aprecio por un conocimiento compartido —aunque estén en bandos opuestos— es un tema de larga tradición en todas las culturas, las ciencias y las artes.


VIDEO DEL DÍA

Johnatan Matte, profesor de matemáticas, se dedica a hacer divulgación acerca de lo bellas y soprendentes que son, y de hacerlas menos intimidantes para el público en general. Aquí hay un excelente video de una de sus pláticas: