sábado, 11 de mayo de 2019

Los límites de mi lenguaje son los límites de mi mundo


Para Alicia


El filósofo austriaco Ludwig Wittgenstein (1889-1951) propuso la idea de que “el límite del lenguaje es el límite del mundo.” Esto es, que una cosa que no es concebible ni expresable, no tiene sentido. No quiere decir que exista o que no: simplemente no se puede decidir sobre el asunto. Por ejemplo, la frase 

“hay cosas que existen, pero que están más allá de la capacidad humana de ser concebidas”

no es verdadera ni falsa. Esto quiere decir que, como no hay un referente para ella, simplemente no tiene sentido. Sólo parece referirse a algo pero en realidad no es así, porque cuando hablamos, concebimos, aún sean cosas inexistentes como unicornios o dragones, que son combinaciones de otros elementos. Pero esa frase de arriba no tiene ningún referente, de modo que no tiene sentido.

Dejando de lado la alta filosofía por la que transitaba Wittgenstein, en nuestra experiencia podemos ver ejemplos de estos límites cuando tratamos de traducir de un idioma a otro. Si hablamos sólo un idioma y vivimos toda nuestra vida en un solo país, estamos constreñidos por las palabras y la cultura asociadas, y no podemos concebir otras cosas sino en nuestros propios términos. Recientemente la historiadora Úrsula Camba refirió cómo los españoles que llegaron a América llamaban a veces “mezquitas” a los templos aztecas que veían, porque era el referente que tenían. Cuando los misioneros cristianos llegaron primero a Japón y se encontraron con la religión sintoísta que reconoce espíritus que animan todas las cosas, tradujeron erróneamente la palabra kami como “dios”, en el sentido pagano. Por ejemplo, el dios del río. Sin embargo la traducción está más cerca de “espíritu tutelar” o hasta “alma”, pero no dios, porque en Occidente esa palabra se usa para cosas distintas,.

Este no poder saber el otro lenguaje, deviene en no poder entender otros conceptos, otras maneras de interpretar el mundo, quizá más burdas, quizá más sutiles, pero siempre enriquecedoras. Se sabe que los idiomas inuit, sami (de Suecia) y escocés tienen desde 50 y hasta 400 diferentes términos para referirse a la nieve, y estoy seguro que a eso no llega ni Jon Snow. Los idiomas serbio, macedonio y sueco, por otro lado, tienen de tres a seis formas diferentes de referirse acada color. Finalmente, el Libro Guinness de Récords volvió famosa la palabra Mamihlapinatapai, presente en un lenguaje de una tribu de Tierra del Fuego. Su significado es “una mirada que comparten dos personas, ambas deseando hacer algo pero ninguna de las dos queriendo tomar la iniciativa.”

Básicamente, los tres segundos anteriores al primer beso.

A lo que voy es que conocer íntimamente un idioma nos hace conocer su cultura, sus pensamientos y sus percepciones. En nuestro mundo del siglo 21 en donde habemos cada vez más parejas binacionales, es un regalo grandioso darle a nuestros hijos el regalo de tener dos ó tres idiomas maternos: una forma natural de expandir sus pensamientos.

Tristemente, esto no siempre pasa, debido a esa horrible condición humana del Ellos vs. Nosotros, que desemboca en racismos y nacionalismos.

Es común que inmigrantes mexicanos en Estados Unidos hagan familia pero que en casa no enseñen a sus hijos el español, por temor a ser discriminados; y con la esperanza de que hablen únicamente el inglés sin acento para ser mejor aceptados en la sociedad. En Inglaterra pasa lo mismo con inmigrantes italianos o rumanos. Todos estos niños crecen sabiendo el “idioma del Imperio”, pero a cambio de una pérdida cultural importantísima y de aceptar el triste hecho de no poder hablar con sus abuelos más que con señas.

Traductores naturales, puentes culturales que echamos a perder cotidianamente.

Por otro lado, en China pasa exactamente lo contrario. Los chinos saben perfectamente que su idioma es muy difícil, y desde hace décadas tienen a la enseñanza del inglés como materia obligatoria desde primaria. En los exámenes de admisión a la universidad, se incluyen matemáticas, física, historia, chino e inglés. Esto es lo mismo que en cualquier otro país en vías de desarrollo.

¿Qué pasa con el español?

Lo que pasa con él y con otros muchos idiomas, es que hay una actitud de reforzamiento continuo.

Cuando mi niña nació, cerré mi oficina e hice home office durante los primeros cinco años de su vida. Me di a la tarea de estar con ella y no hablarle nunca más que en español; cuando empezó a hablar y de repente me decía algo en chino, yo siempre le contestaba que yo no sabía nada de ese idioma. Al final se acostumbró a hablar conmigo siempre en español. Pero otra cosa: al ir por la calle caminando con ella y hablando en español, la gente se nos queda viendo y pensando “um, eso no es inglés, ¿qué será?”  Y como los chinos son inopinadamente curiosos, seguido nos preguntan qué diantres hablamos. Cuando ella contesta que es español, invariablemente recibe muestras de admiración: esto hace que ella se sienta más motivada a hablarlo e incluso a presumir ese “idioma secreto” que sólo ella y yo podemos entender en mitad de una multitud.

Como todo padre ingenuo, deseo que cuando crezca ella se dedique a alguna de las cosas que admiro o que sueño: una gran científica que encuentre la cura de un cáncer, una astronauta, una escritora.

No sé qué irá a ser, desde luego. Pero sé que por lo menos le habré dado el regalo de ser un puente entre culturas.

Te amo, Alicia.

  

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