jueves, 21 de agosto de 2014

El pequeño Alfonso vs. Mateo 20:16




Como dije una vez en otro post, mi abuela materna, que era una santa por cierto, me enseñó a leer siendo muy chiquito, y esto tuvo muchas consecuencias maravillosas en mi vida. También hubo otras consecuencias, un tanto menos maravillosas, y una de ellas fue que en primero de primaria me aburría muchísimo porque mientras que yo podía leer, la maestra Marina nos hacía hacer planas de rayas y de bolas. Y aunque estaba enamorado de la maestra, eso no me quitaba el aburrimiento, lo que causó que me cambiaran a segundo y de ahí en adelante siempre fui no sólo un nerd, sino el más chico de la clase.

Ser nerd ya es de por sí invitación al bullying y si a eso le agregamos ser un niño flaco y sin interés en el deporte, pues no pinta bien. Me salvaba el hecho de que no era además introvertido - porque ahí sí hubiera sido el acabóse - pero sí  que supe lo que era que nadie me escogiera en el equipo, y que no pudiera comprar un dulce en la tienda durante el recreo porque no podía abrirme paso entre la horda de niños.

Pero bueno, la verdad es que tampoco era para tanto; después de todo estaba yo en una primaria marista así que las cosas no se ponían demasiado cavernícolas. Y sí, estuve en una primaria católica donde nos llevaban a misa cada semana y teníamos clase de Moral. Muchos amigos me han preguntado que cómo terminé siendo un hereje, pero la cosa es que mis papás me metieron ahí después de un largo debate. Mi papá definitivamente no era fan de los religiosos, pero mi mamá lo convenció porque esa escuela tenía muy buena fama de nivel educativo, así que mi papá se contentaba diciéndome, “Tú pon atención a las matemáticas y lo que te digan esos curas no les hagas mucho caso.”

La verdad es que no tenía tanto de qué preocuparse. Sería que estaba demasiado pequeño para comprender pero la verdad es que las misas me aburrían indeciblemente; aún hoy creo que puedo dibujar de memoria el vitral completo de la iglesia de la Purísima y recitar las letanías de la Virgen que están escritas en el techo (no significaban nada para mí pero me gustaba cómo sonaban), porque eso es lo que me pasaba viendo en vez de escuchar los sermones.

El problema es que, siendo nerd con altas calificaciones, estaba sujeto a otra situación que era mitad beneficio y mitad hostigamiento: los profesores siempre escogían a los promedios más altos para algún honor, como ser monaguillo.

Sí, fui monaguillo. En DOS ocasiones. La primera fue en la capilla de la escuela y realmente estaba más de adorno porque casi todo el trabajo lo hizo otro compañero, pero la segunda fue en una misa formal en la iglesia, y fue mi última: sí me había aprendido bien las instrucciones de llevar la copa y sonar la campana, pero definitivamente me había vuelto a aburrir y estaba viendo de nuevo lo de Trono de Sabiduría, Torre de Marfil, Rosa Mística… cuando el sacerdote estaba en plena consagración de la hostia. Sobra decir que el monaguillo auxiliar me dio un zopapo, el cura me echó unas miradas más bien diabólicas, y yo me puse a sonar la campana como si estuviera vendiendo helados en la calle. Después de eso los hermanos decidieron que esto de ser monaguillo no era para mí.

Pero la estampa definitiva vino más tarde.

Un día cualquiera, el temible Coordinador llegó al salón de clase a preguntar por mí y a llevarme a la oficina del Director. Yo iba lívido, por supuesto, porque eso no podían ser más que malas noticias. Pero al llegar, ambos muy contentos me avisaron que había sido escogido, junto con los otros dos promedios más altos de la escuela, para irnos de ‘vacaciones’ cinco días, con diez en todas las clases por default. Me explicaron algo más pero yo sólo recordé lo de las vacaciones al explicárselo a mis papás, que desde luego hablaron a la escuela a saber de qué se trataba eso.

Lo que era en realidad era un Retiro Cristiano, a donde iban a asistir 200 niños igual de devotos, de todo el país. Claro que iba a haber piscina y juegos y todo eso, pero a mi papá nomás no lo convencía eso de estar rezando todas las noches. Pero al final por supuesto que mi mamá lo convenció.

El Retiro era una maravilla y en verdad eran vacaciones en un rancho, y no me molestaban los rezos porque me la pasaba igual de distraído que en misa, así que, misma cosa. Lo que sí me tenía aterrorizado desde el primer día era la hora de comer: desayuno, comida y cena eran servidos en una especie de cafetería al aire libre. El problema es que el método era sonar la campana y esperar la estampida de niños que llegaban a hacer cola. Estampida que yo, por supuesto, NUNCA podía vencer y terminaba invariablemente al final de la cola, llegando por la comida fría. Al cuarto día esto me tenía realmente mortificado y aún yo que era un flacucho y comía poco, estaba muriéndome de hambre, así que ese día estuve jugando toda la mañana cerquita de la cafetería, con un ojo a la campana y otro a los juegos.

Finalmente sonó la campana y de acuerdo a mi plan, corrí como desaforado la poca distancia que me separaba de las bandejas. Contentísimo, era el segundo en la cola.

Hasta que me dieron una lección de Biblia en el momento más inoportuno.

Ya estaba formada la cola entera, cuando llegó uno de los profesores y nos dijo a todos, “Hoy vamos a aprender una lección muy importante. Mateo 20:16 nos dice, ‘Los últimos serán los primeros’, así que para ejemplificarlo, todos van a cambiar de posición en la cola.”

What. WHAT.

No podía creer lo que estaba oyendo. En la única ocasión de mi infancia que recuerdo haber hecho un desplante semejante y en público, pensé “qué Mateo ni qué ocho cuartos”, enojadísimo aventé la bandeja al suelo y me fui a sentar en una mesa.

Se le ha de haber bajado la sangre a los pies al profe, porque ese tipo de cosa termina oyéndola todo mundo - en especial los papás - así que fue a mi mesa y me dijo que podía ir a servirme ya. Yo rehusé y le dije que no iba a comer, así que él mismo fue por comida que me llevó a la mesa. No la toqué por más ruegos que me hizo. Sobra decir que mi reputación subió como la espuma, por esas cosas raras de desafiar a la autoridad en público. Pero esa no era ni remotamente mi intención, simplemente me pareció una arbitrariedad increíble, perpetrada en mi estómago vacío.

Definitivamente no voy a decir que eso fue un punto de cambio en mi vida ni mucho menos. Fue el coraje de un niño. Pero cuando llegué a casa y conté el episodio, mi papá estaba encantado y no se le quitó la sonrisa en todo el día.




VIDEO DEL DÍA


Changes, Changes es un libro infantil de 1971 de la autora inglesa Pat Hutchins. Ha escrito casi 50 libros breves para niños pequeños (de 1968 a 2007), y varios de ellos han sido animados, pero de entre todos, ‘Changes’ me parece especialmente genial:



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