lunes, 17 de febrero de 2020

00Mx: Licencia para ser monstruos


In memoriam, Fátima e Ingrid

El doble 0 del código de James Bond: “007”, significa que tiene licencia para matar bajo su propio criterio, sin ser juzgado por ello.
Pues bien, en México hemos obtenido licencia para dejar de ser humanos, para convertirnos y comportarnos como monstruos, de forma impune.
En los últimos pocos días hemos sido testigos de dos actos atroces, en contra de una joven de 25 años, Ingrid, y de una niña de 7 años, Fátima. Los actos cometidos son indescriptibles, cometidos por seres perturbados y monstruosos.
Fátima tenía la edad que tiene mi niña. El pensamiento es absolutamente insoportable. Pero también insoportable es la cotidianeidad en la que se ha convertido esta danza macabra.
Para ser objetivos: la atrocidad del hombre hacia el hombre ha estado siempre con nosotros, pero a lo largo de siglos y milenios hemos ido saliendo de la selva del barbarismo y construyendo sociedades en las que la interacción que llamamos “civilizada” es necesaria y asegurada por las leyes. Todas las sociedades tienen su fracción de gente perturbada y criminal, pero estas pulsaciones bestiales que forman parte de la naturaleza humana son controladas por la educación social por un lado, y por las leyes por el otro.
Sin embargo, el que hayamos avanzado como especie no significa que en ciertos lugares se den pasos hacia atrás bajo ciertas circunstancias, generalmente guerras, crisis económicas o tiranías. Sería un error pensar que la cotidianización de la violencia en México es reciente: de hecho el país tiene una larga y sangrienta historia. Sin tener que ir hasta las Guerras Floridas de los aztecas, el siglo 20 comenzó con las atrocidades de la guerra civil que llamamos Revolución Mexicana, y más tarde las Guerras Cristeras (1926-29). Después, durante varias décadas hubo una especie de paz dictatorial, en la que se entendía que la ley más o menos funcionaba al castigar a un criminal común.
A principios de los 60s, sin embargo, se fundó la “prensa roja” mexicana, con la infame revista Alarma!, que comenzó publicando fotos de accidentes, pero que pronto degeneró a publicar fotos de crímenes violentos. Mientras que en otros países este tipo de publicaciones están prohibidas, esa revista, una de muchas que siguieron, llegó a tener una circulación semanal de más de 500 mil ejemplares. Cuando yo era niño, a fines de los 70s, esas revistas estaban restringidas en los mostradores; en 2016 que paseaba por la ciudad de México con un amigo chino, se espantó al ver que en cualquier quiosco en la calle, había por lo menos tres revistas de este tipo colgadas a la vista de todos, exhibiendo cabezas cercenada en primera plana.
Este morbo enfermizo, por sí solo, no nos hace monstruos: el cine extremo y el “torture porn” es famoso en Europa y EEUU desde los años 20. Siempre hay salidas para la necesidad catártica de transgresión, así sean este tipo de entretenciones extremas. Pero el segundo ingrediente es la impunidad del crimen en una sociedad.
La justicia mexicana es famosamente imperfecta; desde que era niño recuerdo chistes burlándose de ella, y recuerdo la mención de los famosos “tehuacanazos”. Sin embargo, era imperfecta en el sentido de la justicia de un sistema dictatorial: que persigue enemigos o fabrica culpables cuando le conviene; no era imperfecta para decir “robas o matas, y no te pasa nada.” El entendimiento era que para un crimen común, si te pescaban ibas a la cárcel.
Eso ha cambiado. No sé exactamente cuándo porque no soy experto, pero lo que sé es que hubo un momento en que los crímenes de alto y bajo nivel empezaron a dejar de tener siquiera chivos expiatorios. El abogado Polo del Real, asesinado a plena luz del día en un restaurante en Monterrey (1996) y el cardenal Posadas (1997) fueron ejemplos puntuales tempranos. Los “narcosatánicos” (1989), las Muertas de Juárez (desde 1993), la Masacre de Acteal (1997) y las violaciones en la Cd. de México (desde 1996) son ejemplos de tendencias.
Esto es lo perturbador: en 2006 asistí, por motivos que no vienen al caso, a una conferencia de seguridad y criminalidad en Los Pinos, a donde asistieron gobernadores o Secretarios de Seguridad de todos los estados del país. En la reunión, una persona del gobierno federal explicó con gráficas que de cada 100 crímenes, sólo X % se reportan, de esos sólo X % se persiguen, sólo X % se llevan a juicio, etc… hasta llegar a que sólo el 1% de los crímenes en efecto se castigan. Eso lo escuché de un funcionario del gobierno federal hace 14 años, y el número prácticamente no ha cambiado desde entonces. Si acaso, la percepción social de ese hecho se ha vuelto más aguda y lacerante. En Monterrey, en 2009, un periodo que muchos llamamos “La Violencia”, hubo decapitados, carros incendiados en avenidas grandes a mitad del día, colgados y balaceados en puentes peatonales, levantados, y bombas en estacionamientos de centros comerciales. Esto se vio en todo el país: en Monterrey que es mi ciudad lo experimentamos como especialmente perturbador porque siempre habíamos pensado que ese tipo de violencia existía “en otra parte.”
No sólo llegó a nuestras casas sino que fue impune en prácticamente todos los casos.
Así sigue.
Esto no es culpa de un solo gobierno o un sexenio, como simplistamente queremos siempre hacer. Esta tendencia lleva décadas: la normalización de las escenas de violencia extrema, el hacerlas parte del paisaje, el publicar las fotos más sangrientas y el no encontrar nunca a ningún culpable, por décadas, nos ha traído a este punto.
Una persona perturbada y criminal, tenía cierto freno: el hecho de que la sangre era más rara, el hecho de que el castigo era más probable.
Pero hoy tienen licencia para ser el monstruo que prefieran.

Hoy la tristeza por Ingrid y por Fátima y por miles más, me embarga. 
Pero México puede ser otro, y de hecho es otro: porque hay más, mucho más gente que son como la tripulación de VivaAerobus, que llevaban a Johnatan a ver el mar.

Hagamos porque éste y no la sangre, sea nuestro paisaje.
El silencio no es opción.


   ht

1 comentario:

  1. Espantada. Así vivo cuando escucho estas atrocidades. Tengo hijos! Por Dios! Qué padre/madre va a estar tranquilo con una situación así? IMPUNIDAD es lo que nos acaba, por parte del gobierno, normalización, por parte de nosotros mismos como sociedad. Excelente aportación, don Alfonso. @giselagil

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