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sábado, 4 de julio de 2026

Ya nadie se baja de la bici

 


China cambia y cambia bastante. Hay analistas que dicen que China es un bloque monolítico que avanza a velocidades glaciales, y para ser justos es cierto en muchos aspectos relacionados sobre todo con la estructura social y el quehacer político, que tienen más o menos tres milenios de manejarse de la misma forma. Pero hay muchas cosas más que cambian constantemente, en cuanto a cultura y educación, y quienes estamos aquí podemos verlo día a día.

 

Ejemplos históricos

 

Cuando cayó la dinastía Ming (1368-1644) y fue suplantada por la Qing (1644-1911) ocurrió un cambio radical: los Qing no eran chinos étnicos Han, sino manchués del noreste, y como símbolo de sujeción, decretaron para los hombres el uso obligatorio de la famosa trenza china, con la mitad de la cabeza rasurada. Esto fue en principio un símbolo terrible de humillación y muchos perdieron la vida por negarse a hacerlo, pero con el paso del tiempo se volvió una característica tan “china” que la mayoría de los occidentales tenemos la imagen del hombre chino con la trenza, pues fue durante el periodo Qing que la migración llegó a Occidente.

 

Más tarde, cuando cayó a su vez la Dinastía Qing, los hombres más progresivos se cortaban en público su trenza como símbolo de modernidad, aunque hasta hacía poco el cortarle a alguien el cabello hubiera sido profundamente humillante. Con el tiempo, el uso de traje y corbata, y el peinado partido por un lado originario de Occidente se hizo el estándar. En películas como Once Upon a Time in China (1992), situadas a fines del siglo XIX, podemos ver a personajes que usan ropa occidental que son ridiculizados por sus compañeros, pero para los años 20 en Shanghai era de rigor entre la sociedad moderna y para los 40s se había estandarizado por completo.

 

Así, a veces se dan grandes cambios que son muy aparatosos. La Política de Un Solo Hijo fue algo radical a mediados de los 80s pero hoy se asume como algo normal. A sólo 30 años de haber puesto de cabeza una tradición de milenios de “tener la mayor cantidad de descendencia posible”; las familias urbanas modernas, si se les da a escoger, lo piensan dos veces antes de tener un segundo hijo. Luego hay otros cambios que son modernizaciones de tradiciones, como el examen de admisión a la universidad (gaokao) que no es sino una escenificación moderna de los temibles Exámenes Imperiales y que siguen siendo igual de selectivos, por las restricciones de la educación superior en China y las necesidades de más técnicos y de profesiones que no requieren estudios universitarios.

 

Pero hay otros cambios que son los que me interesan y que se dan poco a poco, de manera orgánica y que a veces ni siquiera se registran en la conciencia colectiva como algo raro. Son los cambios acumulativos que va trayendo la modernidad, la relación constante con otras culturas, las formas nuevas de asumir el mundo.

 

Ejemplos modernos

 

La primera es la relación en público entre parejas. En novelas como Un Momento en Pekín (Lin Yutang, 1939) podemos ver descripciones muy vívidas del extremo recato con el que se conducían las relaciones hasta los años 30. Eso nos puede parecer muy similar a la cortesía tradicional en Occidente, pero cuando llegué a China en pleno año 2000, ésta seguía siendo la regla imperante. En una preparatoria donde daba clase de inglés, una de las reglas explícitas era que los alumnos no podían tener novio. Una vez, paseando por el centro del pueblo en fin de semana, me topé con dos de mis alumnos que estaban discretamente tomados de la mano en un parque. Al verme se pusieron de todos colores, y la chica me rogaba que no les dijera a los maestros, a lo que por supuesto accedí. En otra ocasión, sentado a la mesa con varios maestros, uno de ellos me hizo saber que el profesor de inglés y la profesora de física estaban casados; a mí me sorprendió mucho porque a mí no me parecía que fueran siquiera pareja, y cuando les pregunté (torpemente) que por qué nunca se besaban o algo, me dijeron, “claro que lo hacemos, pero no frente a ti.” Hoy en día en las grandes ciudades lo más normal es que el recato público sea lo que siga privando, pero la actitud va cambiando y es fácil verlo si uno observa la vida nocturna en Beijing ó Shanghai.

 

Más interesante aún es la forma de solucionar conflictos públicos. Digamos, por ejemplo, un accidente menor de tráfico. Hay dos ideas tradicionales que hasta hace poquísimo tiempo influenciaban de forma determinante el cómo se manejaba un tema así. Primeramente la reticencia histórica a involucrar a oficiales de la ley y el rechazo casi instintivo a ir a las oficinas de gobierno ó Yamen, por su proverbial corrupción. Ir ahí era meterse en más problemas que los que se querían solucionar y ejemplos sobran en la literatura y el cine: el clásico villano de la historia es un oficial corrupto. De modo que era común ver un accidente de tráfico con veinte personas alrededor y todas opinando. Pero de ninguna manera era considerado como el chismerío que sería en Occidente: los involucrados en el accidente de hecho eran los que pedían las opiniones, que con frecuencia eran zanjadas al final debido al segundo punto histórico: el pedir consejo a los ancianos. Después de un buen rato de estar discutiendo quién tenía que pagar los daños, alguna persona mayor era consultada si había visto el percance, y se hacía caso a su “veredicto”. Esto era cosa corriente en el diario, pero ha desaparecido casi por completo para dar lugar a las escenas que ya conocemos en Occidente: ambos coches detenidos en la calle, con los involucrados hablando en sus móviles con sus aseguradoras. Lo que no consiguieron los años duros del maoísmo, con su rechazo a todo lo tradicional y sus ataques a los “exponentes de las cosas viejas” lo van logrando nuestros modernos procesos burocráticos.

 

La bici

 

Un cambio más: esta vez en una de las formas más antiguas de respeto público que seguían existiendo hasta hace muy poco. En la China clásica, era costumbre que un jinete, si no era de alto rango, debía entrar por una de las dos puertas laterales al lado de la puerta principal de un palacio y al hacerlo, debía desmontar de su caballo en señal de respeto al gobernante o soberano que lo ocupaba. Esta forma sobrevivió más o menos hasta 2005, cuando al entrar a las universidades, todos bajábamos brevemente de la bicicleta al pasar por la puerta principal. Algunos hasta tenían ya bien dominada la técnica de no poner los pies en el suelo, sino sólo hacer un “medio desmonte” pero seguir avanzando con uno de los pies sobre el pedal. Y de hecho si uno no hacía esto, el guardia de la entrada se levantaba para llamarle la atención al irrespetuoso infractor.

 

Hoy es prácticamente imposible ver esta curiosa y antiquísima cortesía. No hubo un decreto ni un ponerse de acuerdo colectivamente; fue algo que simplemente se dejó de hacer, quizá por considerarlo obsoleto o impráctico. Yo por lo menos sí extraño esa que consideré una bella forma de mostrar cortesía ante las instituciones educativas.

 

 

 

domingo, 8 de junio de 2025

Las modernas luciérnagas de Che Yin

 


En Occidente, quien haya terminado una carrera universitaria, sabe que el proceso educativo se va haciendo más difícil a medida que se avanza por primaria, secundaria, preparatoria y universidad. Esto parece obvio y lógico. Pero hay muchas cosas que tenemos que des-aprender cuando hablamos de China. El sistema educativo chino es bastante más pesado que el occidental en primaria, en secundaria es impresionantemente difícil, y la preparatoria hace llorar a un soldado. La universidad es un descanso.

Recientemente el gobierno chino ha presentado algunas reformas a su sistema educativo para aminorar la carga de los niños, en especial en primaria. Una de esas iniciativas propone que las escuelas no encarguen tarea sino hasta llegar a cuarto año, pues saben que los padres chinos por lo general enrolan a sus niños en una gran variedad de actividades extraescolares –inglés, matemáticas, historia– para darles un extra de oportunidades en la increíblemente competitiva sociedad china.

Pero estas reformas van poco a poco. Grosso modo, la secundaria (grados 7 a 9) y la preparatoria (10 a 12) tienen cargas de trabajo y niveles de estudio que en Occidente nos parecerían inimaginables. El sistema sigue siendo muy tradicional, con mucho énfasis en memorización, o bien en física y matemáticas, en el aprendizaje de técnicas preestablecidas para la resolución de problemas. Esto hace que los estudiantes chinos sean mundialmente famosos por sus habilidades en estas áreas cuando van a escuelas extranjeras, porque están acostumbrados a aprenderse de memoria la Biblia en verso y resolver problemas técnicos muy complicados con la aplicación de técnicas practicadas mil veces. Así que por ese lado es muy efectiva, pero como se ha criticado por siglos –desde dentro y desde fuera–, deja muy poco espacio a la improvisación y la creatividad. Ser un genio en China es entonces doblemente difícil, pues no sólo hay que lidiar con la incomprensión típica que conlleva, sino navegar en un sistema extraordinariamente rígido. Yo creo que por eso era algo de esperarse de un genio en la China clásica, que fuera un borracho o por lo menos un excéntrico incorregible.

Yo viví por más de un año en una secundaria y preparatoria china y vi la rutina diaria. Aunque no es la generalidad, ya que era una escuela tipo internado, en la que los alumnos sólo tenían los domingos libres, sí representa la actitud general del sistema y de la carga de trabajo.

El día empezaba a las 5:45 am, cuando los altavoces nos despertaban a maestros y alumnos con una canción que me aprendí de memoria y tardé varios años en sacarme de la cabeza. Con esa diana, bajábamos todos al campo deportivo –que era un campo de futbol rodeado de una pista olímpica– para hacer calentamiento, estirarse y correr dos kilómetros y medio. Con escarcha o nieve, ahí estábamos todos de 6:00 a 6:30 dándole vueltas al campo y gritando lo más fuerte que podíamos: “yi, er, san, si… yi-er, san-si!” (Uno, dos, tres, cuatro… un-dos, tres-cuatro).

Desde un principio me habían dicho que esto no era requerimiento para mí, pero me parecía poco solidario estar tapado y calientito una hora más, mientras toda la escuela se moría de frío ahí en el campo, así que lo hice siempre con ellos.

Después de correr, los estudiantes se iban media hora a sus salones a leer sus libros de inglés, mientras los profesores íbamos a lavarnos la cara o por lo menos a descansar un poco, mientras se servía el desayuno en las cafeterías, exactamente a las 7.00.

Las clases empezaban a las 8:00, y yo tenía horario completo diario, corriendo de salón a salón hasta las 11:30, y en la tarde de 1:30 a 4:30. Era algo brutal, porque cuando no estaba en clase, estaba en la oficina de profesores de inglés, y como era el único extranjero –no sólo en la escuela, sino a 200 kilómetros a la redonda– mis alumnos me buscaban durante todo el tiempo libre que tenía: a preguntarme dudas, practicar sus habilidades de conversación, invitarme a sus prácticas de la banda musical, enseñarme a cocinar baozis, ó a subir al observatorio (sí, teníamos observatorio en la escuela).

Pero mi carga de trabajo, que en México hubiera sido salvaje, era irrisoria comparada con la de mis alumnos. Además de las clases, tenían una sesión más de acondicionamiento físico a las 4:30, antes de la cena a las 5:30. Luego tenían un breve periodo de descanso entre 6:00 y 7:00 de la tarde –que muchos aprovechaban para jugar de nuevo al basquetbol o bádminton a donde, por supuesto, siempre me invitaban– y luego era irse de nuevo a sus salones de clase desde las 7 hasta las 9, para hacer tareas.

A las 9 en punto, sonaba la última diana del día, para que los alumnos se retiraran a sus dormitorios. Ahora bien, el edificio de profesores donde yo vivía estaba justo frente a uno de los dormitorios de estudiantes, pero la diferencia es que en los de ellos, las luces se apagaban a las 9:30, mientras que nosotros teníamos luz toda la noche.

Ahí desde mi cuarto, noche tras noche vi la misma escena a través de mi ventana, mientras tomaba un descanso de mis libros de chino y me preparaba un té de crisantemo: las “luciérnagas de Che Yin”.

Che Yin vivió durante la Dinastía Jin (265-420), y se dice que desde muy pequeño mostraba un gran amor por el estudio y la lectura, pero su familia era muy pobre y eso significaba que durante todo el día debía ayudar en las labores del campo. Cuando finalmente tenía tiempo libre, iba ansioso a su cuarto a leer los libros que su padre podía conseguir para él, pero siendo tan pobres debían escatimar en el uso del aceite para las lámparas, así que tras un tiempo muy corto debía apagar la luz y dejar de leer. De esta forma, el pequeño Che Yin se pasaba las noches viendo a través de su ventana y deseando que la luna llena llegara en una noche despejada, para poder leer tan sólo unas cuantas páginas más. Una noche de verano, el niño vio una gran cantidad de luciérnagas volando entre los árboles, encendiendo y apagando sus luces. Esto le dio una gran idea, por lo que de inmediato tomó una vieja red y se dirigió al jardín. Tras un rato de correr de un lado a otro, Che Yin capturó diez luciérnagas, que puso en una pequeña bolsa de tela tan desgastada que era ya casi transparente. Regresando emocionado a su cuarto, colgó la bolsa de una vara que sujetó a la mesa donde solía estudiar, y con alegría comprobó que la luz que emitían las luciérnagas era más que suficiente para abrir sus libros y leer durante la noche. A partir de ese día, Che Yin hizo de esto una rutina: cada día al terminar sus tareas en el campo, iba a capturar una docena de luciérnagas y se pasaba varias horas estudiando en la noche. Cuando creció, llegó a convertirse en un erudito renombrado y logró obtener un cargo oficial.

Frente a mi cuarto, en el dormitorio de estudiantes, vi cada noche esas luciérnagas: las pequeñas  linternas eléctricas que los estudiantes usaban para seguir leyendo bajo sus cobijas; adelantando alguna lección, practicando su inglés, leyendo un capítulo más del Sueño de las Mansiones Rojas. El espectáculo nunca dejó de fascinarme, enternecerme y quitarme el sueño, y es quizá una de las cosas más hermosas que he visto en China. Muchas veces me quedé despierto con ellos, con mis libros de chino abiertos sobre mi escritorio; acompañándolos hasta que la última luciérnaga se apagaba.


miércoles, 16 de abril de 2025

Las abuelas siguen bailando

 

BBC

 

En marzo de 2015 se hizo viral la noticia de que el gobierno chino estaba por restringir en sus actividades a las famosas “dancing grannies”, o abuelas bailadoras, que invaden las plazas públicas del país todos los días. Medios como el Christian Science Monitor pusieron encabezados ominosos como “El gobierno chino les advierte a las abuelas que marquen el paso y mantengan silencio”. Finalmente, la cosa no pasó de ser una noticia como otras muchas, sacada fuera de proporción por medios que gustan del escándalo; pero dentro de este fenómeno hay mucho que apreciar en el detalle. Vamos por partes.

Las abuelas bailadoras (大妈; dàmā) en efecto se han adueñado de las plazas públicas en años recientes, con su popular práctica de “baile de plaza” (广场跳舞; guǎngchǎng tiàowǔ), que es simplemente bailar coreografías al ritmo de diferentes piezas musicales, como ejercicio. Las mujeres llegan con un equipo de sonido y siguen la coreografía que la bailadora principal establece, cambiándola cada mes ó dos meses, para mantener el interés. Las participantes, que algunos estimados ubican en alrededor de 100 millones en todo el país, no son solamente “abuelas”, aunque ciertamente son su mayoría. Hoy mismo se puede ver a mujeres jóvenes y a hombres acompañándolas en sus bailes. Normalmente lo hacen temprano en la mañana o bien entre 7 y 9 de la noche.

Los lugares públicos que escogen son muchas veces las plazas principales, pero también usan plazas más pequeñas ubicadas en zonas residenciales, y como algunos vecinos han protestado por el ruido, los medios no resistieron la tentación de tomar algunas agresiones aisladas y hacerlas virales; esto sucede por lo menos desde 2013. Pero en general, las abuelas y sus bailes son muy populares y yo en 17 años nunca he visto un incidente con ellas. Se estará preguntando mi lector si alguna vez me he puesto a bailar con ellas; la respuesta es, ¡por supuesto! Y agregando: no crea que lo que bailan es fácil de seguir ni poca cosa de ejercicio. Estas abuelas tienen mucha condición.

¿De dónde viene todo esto?

Ciertamente no es algo que salió del vacío, sino una variación de una práctica mucho más antigua: el gusto por el ocio público de la gente mayor. En cualquier novela clásica china podemos encontrar innumerables ejemplos de tal esparcimiento: el salir a caminar por los jardines mientras se discute de poesía, el contemplar la luna con una jarra de vino, el salir a cualquier lado que no sea la propia casa para jugar ajedrez o apuestas sencillas con amigos. Esto, por supuesto, no es particular de la gente mayor, pero les es especialmente caro por la antiquísima tradición de “respeto a las canas” que ya he tratado antes. Es una máxima milenaria que “Un hombre joven no debía quedarse sin hacer nada si veía a un hombre de cabello blanco llevar una carga pesada sobre sus hombros” y sobre todo, la idea de que en una nación próspera, “no se ve por los caminos a un anciano llevando bultos en la espalda”. Entonces sigue que una de las manifestaciones más visibles de prosperidad en un país, es ver a los ancianos esparciéndose a sus anchas en las plazas públicas. Por milenios estas actividades han incluido el reunirse a cantar ópera tradicional (京剧, Jīngjù que es la de Beijing y 越剧, Yuejù que es la de Shaoxing); llevar a los nietos a jugar mientras ellos mismos juegan o apuestan con sus vecinos, practicar ejercicios de taichí () y qigong (), o la mencionada poesía y la apreciación de paisajes.

Sobra decir que en las últimas décadas, con la cada vez más visible prosperidad de la clase media, la gente mayor ha salido en masa a las calles y sus actividades se han ampliado por el acceso generalizado a nuevas opciones. Una práctica que se ha hecho popular también es la “caligrafía de suelo” (地书; dì shū), que es el tomar un pincel gigante y una cubeta de agua y ponerse a escribir poesía en la calle:

 


Para los sedentarios, los juegos clásicos como el dominó chino (; májiàng) se han juntado con los juegos de baraja occidentales, pero para la gente ávida de mantener la salud a edad avanzada, las artes marciales se han enfrentado a la inusitada competencia del baile en coreografía, y aquí es donde han entrado a escena las abuelas bailadoras. La práctica ha creado una verdadera locura (en el buen sentido) por todo el país y se estima que han creado una industria que vale miles de millones de dólares y que incluye ropa especial, accesorios como banderas, abanicos y cintos de seda… ¡y tecnología de punta!

Sí, no sólo hay fabricantes que ofrecen equipos de sonido especiales para las abuelas, que son más potentes y ligeros, sino que varias empresas digitales han creado aplicaciones para los teléfonos celulares en donde se pueden descargar canciones nuevas y compartir coreografías.

Hay dos cosas más que resultan de interés en este fenómeno: primeramente, el cómo concluyó la famosa nota del 2015 del intento del gobierno por “regular y restringir” a las abuelas. En realidad la noticia estuvo basada en una iniciativa bastante torpe de algún oficial de gobierno de esos que no tienen nada mejor qué hacer, pero lo que sí fue cierto también es que al enterarse de la idea, las abuelas reaccionaron con enfado mayúsculo y la propuesta fue discretamente retirada.

Uno no se pone a desafiar a una mujer mayor en China. Ni hoy ni antes.

Cierto que como muchas otras naciones, China tuvo un pasado altamente restrictivo para las mujeres y en 1927 Mao Tse-tung denunciaba su opresión y la necesidad de liberarlas de las “ataduras del patriarcado”. Pero por otro lado, mientras el hombre dominaba la vida pública, este dominio no se extendía a la vida doméstica: la literatura china desde los tiempos más antiguos da cuenta del poder de la esposa y sobre todo de la madre o la suegra sobre la disposición del hogar. Mencio (孟子; Mèngzi), el famoso erudito confuciano es un ejemplo del poder de la madre y las incontables historias de hijos filiales dan cuenta de esta realidad. El investigador Pedro Ceinos relata con detalle la importancia del matriarcado en China en su excelente texto El Matriarcado en China: Madres, reinas, diosas y chamanes.

Quizá el ejemplo más famoso está en una de las “cuatro novelas clásicas” chinas: El Sueño de las Mansiones Rojas (红楼; Hónglóu Mèng), donde una extensa familia aristocrática es obviamente presidida por La Abuela Jia (賈母; Jiǎ Mǔ), quien tiene la última palabra en todos los asuntos domésticos y cuya autoridad no se puede poner en duda.

Finalmente, otra curiosidad acerca de las abuelas bailadoras es su criterio para elegir su música: es mucho más ecléctico y permisivo que lo que alguien podría imaginar. Sus coreografías no son nada tradicionales, esto es, no siguen pasos de bailes clásicos chinos, sino que son activos y modernos. Diseñados para moverse lo más posible, sus selecciones son canciones modernas tanto chinas como extranjeras, sin importar si las letras son escandalosas, románticas o de cualquier otro tipo.

 

Las abuelas quieren bailar y bailar bien. Para que el lector se dé una idea, le comparto aquí una muestra de las canciones que he visto bailar a las abuelas de mi plaza, que por cierto comparten con grupos de taichí, de niños patinando y de profesores de percusiones, todos los días de la semana. Es realmente una gozada:

Shirley Ellis, The Clapping Song (1965)

John Denver, Country Boy (1974)

Laura Branigan, Self Control (1984)

The B52’s, Love Shack (1988)

Bon Jovi, It’s my life (2000)

Elena Gheorghe, Mamma mia, he’s italiano (2014)

Álvaro Estrella, Bedroom (2014)

Bishop Briggs, River (2016)

Álvaro Soler, Sofía (2016)