lunes, 4 de enero de 2021

Estupidez: ese lujo tan humano

 


Usaré para este breve argumento, la distinción entre humano y animales, y entre civilización y naturaleza. Es una distinción artificial pero en este caso, útil.

En todo el reino animal, se empieza siempre en un estado de ignorancia. Una gran cantidad de información útil, lista para usarse, viene codificada en forma de comportamientos instintivos, que dan a los organismos un mínimo de herramientas para interactuar con su ambiente.

Pero pasando esos instintos básicos, aún hay que aprender muchas cosas. Entre más complejo es el organismo, desarrolla una sociedad también más compleja, que puede transmitir conocimiento.

Cada evento de aprendizaje puede requerir de una sola vez, o más comúnmente, de muchas. En cualquier caso, en los animales el resultado es: haber aprendido, o morir. La naturaleza no tiende a ser muy permisiva con los errores de aprendizaje.

El ser humano, que ha evolucionado un cerebro muy sofisticado y capaz de abstracción, ha sido capaz de crear una “burbuja” para sí dentro de la naturaleza, que lo protege de muchas cosas que normalmente le serían fatales.

La estupidez es el resultado de esa protección: ese lujo que el humano se puede permitir al no aprender, incluso al rechazar aprender, teniendo eventos de aprendizaje y de hecho teniendo a su disposición todo el conocimiento acumulado por su especie .

Cuando se discute lo que nos diferencia a los humanos del resto de los animales, traemos a cuento la capacidad de abstracción, el humor, la idea del amor y varias cosas más. Pero no reparamos en esta otra cosa:

Que nos podemos dar el lujo de ser ignorantes y cometer infinidad de estupideces.

 

  

martes, 29 de diciembre de 2020

Me tachan de irreverente

Inicuo me llaman los tragasantos.

O inocuo, o anacua... nunca recuerdo bien, pero ninguna parece buena opción y menos con el celo arrebatado con que lo declaran.

El caso es que se me acusa de éxodo y lótrodo, de ser un levítico irredimible, de haber rebasado el pentateuco la semana pasada, y de cometer deuteronomio cada vez que se presta la ocasión.

Sus jueces me relatan números, que no son números sino cuentos, y si contesto hablando de matemáticas, me dicen que no sé ni usar el habacuc y me tratan de a poca elipsis. ¡Tantos insultos! Me dicen que me redima, que lea cartas para adefesios, lo que me suena poco apetecible. ¿Y saías que además me restringen a cada paso? Me advierten que no puedo interpretar sofonías con una orquesta, ni comer dulces rellenos de corintios. ¡Oseas, no hay más que lamentaciones!

Pienso en estas y otras cuestiones por días y abdías y no atino a hallarles sentido.

Pecado esto, pecado aquéllo, si pienso o palabro, si ejecuto obra o micción. ¿Aún eso? ¿Quién mea culpa? ¡Sálmenme de tales miedos constantes!

No necesito sus egoteabsolvos, no creo en sus multas de gehenas, ¡rechazo tantas malaquías!

Dicen que María estaba llena de gracia, así que no puedo creer que sea crimen cambiar jocundias por jaculatorias.

 

  

jueves, 10 de diciembre de 2020

Religión y política: los consejos de mi padre

 

Mi papá era hombre de pocas palabras. Gente diántes. Eso puede parecer desventajoso para la comunicación, pero por otro lado, lo bueno es que me acuerdo de todas sus palabras.

Él no daba consejos salvo muy, pero muy rara vez y hoy les comparto los tres consejos que me dio acerca de tres temas espinosos. En su mismo estilo, lo hago con pocas palabras, recordadas y transmitidas tal cual:

RELIGIÓN

Ve a misa si quieres, pero nunca le beses la mano a un cura.

POLÍTICA

Todos se tapan con la misma cobija.

PRIORIDADES

Tú estudia las matemáticas y a los rezos no les hagas tanto caso.