Las coincidencias son esas ocasiones maravillosas que tercamente nos
dicen que existe el sentido, el destino, los dioses que con su mano invisible
se compadecen o se burlan de nosotros; que nos hacen sabernos cima y amos de la
creación.
Alguna vez, decidiendo un asunto con otros niños, arrojamos una moneda
al aire y al caer al suelo, rebotó varias veces antes de quedar… parada.
Seguramente algún matemático desocupado habrá calculado ya las probabilidades
en contra de que eso suceda, y seguramente involucra un 10 con un exponente. De
forma más intersante, muchos años después, viendo el capítulo de A Penny for
Your Thoughts, de The Twilight Zone, escuché al misterioso narrador que abría
la historia diciendo “Cuando lanzas una moneda y cae de lado, puedes pedir todo
lo que quieras mientras siga de pie.” Ohh… maldición, de haberlo sabido. Ahora mismo
el periódico diría “El Hombre Araña cumple 30 años de estar en acción.” En fin,
el que no sabe es como el que no ve.
La ciencia insiste en que cuando pasa un número muy grande de cosas,
también pasarán cosas poco probables, y si se da el tiempo suficiente, pasarán
todas las cosas, por más improbables que sean; pero al diablo con eso porque no
es de lo que quiero hablar aquí. Hay cosas que pasan que no pueden pasar y es
cuando nuestro pensamiento poético se exalta; y algunas veces la poesía debe
ganar.
Tomemos por ejemplo al beisbolista de los 50s, Richie Ashburn. Bateó mas
de 2500 hits en su carrera, pero es recordado por un fatídico agosto 17 de
1957. Jugando con los Phillies de Philadelphia, Ashburn fue a batear, golpeó la
bola de foul, y ésta se elevó por los aires para luego caer, caer… directamente
en la cara de una mujer del público. El golpe le rompió la nariz y el juego
tuvo que detenerse para que llegaran los paramédicos y la atendieran. Ya
controlada la hemorragia, la pusieron en una camilla y la llevaron a otro lugar
en un pasillo más alto mientras hablaban a la ambulancia. El juego se reanudó.
Ashburn volvió a batear. Otro foul. Que volvió a golpear a la misma mujer. En
la cara.
Años después, Ashburn empezó a escribir artículos de deportes para el
Philadelphia Bulletin, cuyo editor era un tal Earl Roth, cuya esposa era Alice
Roth… la mujer doblemente golpeada. Por favor nadie me diga que Loki no estaba
de paseo en Philadelphia en 1957.
Oops. Hablaba yo de sentimiento poético y empecé con eso; pero en mi
descargo, al principio dije que los dioses se burlan tanto como se compadecen.
Esta es una historia del segundo tipo:
Elgin Staples era un joven marinero en el USS Astoria durante la Segunda
Guerra Mundial. En el verano de 1942 su barco fue atacado y hundido durante la
Batalla de Guadalcanal, pero Staples tuvo tiempo de ponerse un salvavidas que
lo mantuvo a flote hasta que llegó otro barco y lo recogió. Desafortunadamente,
el segundo barco al que subió fue también atacado y hundido a los pocos días, y
Staples usó el mismo salvavidas para no morir ahogado. Realmente agradecido con
el objeto, notó que había sido manufacturado en Akron, Ohio, que era su propio
pueblo natal, así que lo conservó como recuerdo. Esa no es la coincidencia.
Cuando Staples volvió a casa por supuesto contó la historia a su
familia, y su madre le dijo que ella también había trabajado en la fábrica de
Firestone —donde se hacían los salvavidas para los soldados— como inspectora.
Pero la revelación pasó de las risas al silencio incrédulo cuando la mujer vio
con detalle la pieza que había salvado a su hijo de la muerte dos veces… para
encontrar grabado en él su propio sello con sus iniciales. Ella personalmente
había tenido el salvavidas en sus manos, lo había inspeccionado y aprobado.
Después del episodio de la moneda indecisa, muchas coincidencias más me
han ocurrido, como nos ocurren a todos: algunas más espectaculares que otras, y
algunas aproximándose a esos niveles de revelación que acabo de poner. Quizá la
más improbable hasta hace poco haya sido esta:
En 1997, “el año en que nos pusimos en línea”, todo eso de la
comunicación a distancia por medio de módems era nuevo, había la fascinación y
la inocencia del descubrimiento; y había Chatrooms de todo tipo. En uno de esos
lugares conocí un día a una chica bosnia, justo cuando estaba en su tiempo más
terrible la Guerra de Kosovo. Era de familia acomodada y por eso tenía conexión
a internet, y pasamos semanas platicando en ese periodo; ella me contaba los
pormenores de la guerra en la vida diaria: cómo un día su casa amanecía con las
bicicletas robadas y al siguiente la panadería había sido saqueada. Nos
mantuvimos en comunicación así por tres años, cuando yo me cambié a China.
Ya en China, vivía yo en un pueblo muy pequeño donde era el único
extranjero y por lo tanto una celebridad. Tanto así que un día llegó la cadena
nacional de televisión en su versión internacional, CCTV-5, para hacer un
programa especial de mi vida en China. Justo ese año habían empezado a mandar
su señal en inglés a más de 20 países. Así que me filmaron en la bici, en el
salón de clases, comiendo y un largo etcétera.
Un año después de eso, recibí un correo de mi amiga la bosnia, con un
mensaje tan estrafalario que lo traduzco directamente, sin paráfrasis:
“Alfonso: no vas a creer lo que acaba de pasar hace unas horas. Estaba
con mi madre viendo la televisión en la sala y de repente cambiando los canales
vimos que había un canal de China en inglés y lo dejamos ahí. Pero seguíamos
platicando y no poníamos mucha atención. Luego mi mamá se acordó y me preguntó,
‘¿Cómo se llamaba ese amigo tuyo de México que luego se fue a China?’ Yo estaba por contestarle, y en eso la
televisión dijo: ‘Alfonso’. Me quedé sorprendida, pero no te imaginas cuánto
más me sorprendí cuando volteé a verla y eras tú en la tele. Sólo le dije a mi
mamá: ‘Es él’. ”
Amo la ciencia y en especial las matemáticas y la neurociencia: siempre
han sido mi pasión. Pero de vez en cuando no les creo por completo. A veces la moneda cae de pie.
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