Veo a mi niña correr tras las palomas en el parque, y gozo enormemente.
Pienso en su curiosidad incansable y en su alegría sencilla; en que se cae de
panza cuan larga es, y se levanta sonriendo. Pienso en los filósofos y
pensadores que han contemplado esta inocencia, y me lleno de un calor tierno e
indescriptible. La veo así, ir y venir, y no me canso y no veo pasar el tiempo.
Es contemplar la perfección y lo eterno, y tener un atisbo de inmortalidad.
Pero por más que quiera, no puedo tener ese gozo puro y absoluto que veo
en sus ojos y que escucho en sus gritos al correr tras las palomas.
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