viernes, 26 de diciembre de 2014

Alfonso, eres de lo peor




Quiero pensar/hacer entender, que no soy ninguna de las anteriores.

Por un lado, ese tipo de argumentaciones y clasificaciones tiran a la basura una cantidad obscena del tiempo de todos cuantos se involucran en ellas, y al final de la discusión no se avanzó ni un ápice y sólo se enojó todo mundo.

Y por otro lado, aunque suene a cliché de película de los ochentas –o mejor dejémoslo en fábula de Esopo para ser más trascendentes– es perfectamente posible tener ideologías muy distintas y aún así trabajar juntos; de la misma forma en que es perfectamente posible imaginar a un equipo de cualquier deporte en el que cada jugador tiene convicciones diferentes en religión, política o la existencia de marcianos, pero que juntos juegan muy bien y ganan sus partidos. O por lo menos que no se hacen autogoles ni se meten zancadillas unos a otros.

Los chinos, como bien sabemos, tienen un dicho para todo. Y de hecho en México también, pero este en particular no me suena que tenga equivalencia Región 4, así que lo pongo porque viene al caso:

“En tiempos de paz somos como los dedos de una mano abierta,
cada quien yendo para su lado.
Pero en tiempos de tribulación,
nos cerramos como un puño y rompemos cualquier cosa”.

Si un fanático del América y otro de las Chivas se hallaran varados en una isla desierta, ¿no se ayudarían? Seguramente podrían discutir cuál es el mejor equipo, pero una vez que hubiesen terminado de encender una fogata y recoger cocos. Y después de un tiempo, sin duda encontrarían cosas más trascendentes qué discutir.




VIDEO DEL DÍA


En este sitio, puede encontrar 26 archivos ya sea en audio ó en video, del profesor Peter Millican de la Universidad de Oxford, que corresponden a un curso de ocho semanas de Introducción a la Filosofía. El Prof. Millican ve desde los griegos clásicos hasta los problemas más modernos. Están geniales y los puede ir oyendo en cualquier lado:

www.philosophy.ox.ac.uk/podcasts/general_philosophy



jueves, 25 de diciembre de 2014

Navidad, y qué dejamos aquí




Bien dicen que no nos llevamos nada, pero sí que dejamos mucho.

Hoy que es Navidad, me dispongo a ver como todos los años “A Christmas Carol”, la historia del miserable Ebeneezer Scrooge y de su sufrido empleado Bob Cratchit. El otro día decía que “El Niño del Tambor” es mi villancico favorito por su imagen de empatía; y este cuento es mi favorito por su historia de redención, que es una de las aspiraciones más humanas que hay: el saber que existe siempre en algún momento la posibilidad de enmendar los errores y llegar a un entendimiento mejor, a un curso de acciones mejor; sin importar qué tan miserables hayamos sido hasta ese momento de reconocimiento. Es un anhelo universal: la iluminación de Buda que se da cuenta de lo que lo ata y causa su sufrimiento, el arrepentimiento de Pablo al ver una visión, la “cachetada Zen” que confiere una súbita iluminación.

Esta es la imagen poderosa y conmovedora de la historia: cuando Scrooge ve, en toda su terrible desnudez, las oportunidades perdidas y las consecuencias de sus acciones: la muerte del pequeño Tim, la gente bailando en su tumba, los barrenderos vendiendo sus cosas y riendo de él.

Antes de las visiones de los fantasmas de Navidad, Scrooge se espanta al ver a Morley, su antiguo socio y alma gemela. Es un espíritu en pena, que arrastra pesadas cadenas que le dice, forjó él mismo con su crueldad. Pero le advierte al aún reticente avaro: “Veo tus cadenas, y son mucho más largas y pesadas que las mías.”

En la magnífica versión de 1984, Scrooge (George C. Scott) se ve a sí mismo como un joven, viendo alejarse en la nieve al amor de su vida, al haber él decidido perseguir una vida más material. El diálogo entre él y el Fantasma de la Navidad Pasada es así:

- ¡Casi fui tras ella en aquel momento!
- El “Casi” no tiene peso alguno.

En la versión de 1970, cuando Scrooge ve su propia tumba y la silla vacía del pequeño Tim, le parece insoportable contemplar la crueldad de su legado, y al llegar a su destino final, el Diablo le dice, dejándolo en un cuarto helado, “Serás el único que padezca frío… en el infierno”. Ese frío es la representación de lo que fue su ausencia completa de empatía en vida. Las cadenas de Morley son en realidad para el corazón en el presente, y las visiones del futuro son nuestro legado, la memoria que dejamos en otros.

No hay momento más fuerte que el despertar en su cama solitaria y helada después de las visiones traídas por el Fantasma de la Navidad Futura: espantado, aliviado, trascendido; se da cuanta al abrir la ventana y preguntar a un niño que pasa, de que aún tiene tiempo, aún tiene un día más para ser otro.

El tener una oportunidad más. Eso es lo que queremos, porque sabemos que lo podemos hacer mejor. Sabemos que nuestro espíritu puede volar más alto, y cuando vemos esta historia, tenemos esa pequeña iluminación: ese deseo de despertar mañana a una iluminación mayor, a esa oportunidad extra. Queremos saber que aún hay tiempo.

Pero sólo tenemos este solo momento, y ni uno más. Bien dicen que no nos llevamos nada, pero sí que dejamos mucho en este mundo. ¿Qué nos dirían los fantasmas al dormir hoy?



lunes, 22 de diciembre de 2014

Cuando nos ponemos domingueros


Via TripAdvisor


Para Oscar, Alejandro, Silvia y Johnatan

¿A que es gratificante usar las palabras domingueras y apantallar al respetable? Claro que sí. Cualquier cosa que agrade al ego, nos dicen los científicos, es como comer una rebanada de pastel de tres leches, y hacer que los neurotransmisores del cerebro se inunden de dopamina. Y justo ahí me acabo de poner dominguero, así que permítame el lector un segundo, mientras disfruto mi pericazo lingüístico-encefálico.

Ahhh.

OK. Pero como todas las cosas, usar palabras domingueras tiene su cómo, su cuándo y su dónde. No vamos a decir “Escancia una copa más de las dádivas de Baco” si estamos jugando dominó en una cantina de mala muerte. Y si lo dices, es que definitivamente ya te escanciaron muchas y más bien deberías pedir un caldo de camarón, pero sin hacer referencias a Poseidón ni al Capitán Ahab, de preferencia.

Nos ponemos domingueros al dar una plática ante un salón de eruditos, o saludando a una delegación de altos dignatarios, claro. O sea, cuando queremos aparentar ser eruditos nosotros mismos. Y como no lo somos, la siguiente mejor alternativa es ser incomprensibles, al estilo de muchos filósofos franceses postmodernos. John Searle es un filósofo estadounidense, y según su opinión, el filósofo/superestrella francés Jacques Derrida es un oscurantista de lo peor, porque en sus escritos “es tan abstruso que no lo puedes entender, y si le dices que lo entendiste, te contesta que lo estás malinterpretando y que eres un bruto”. De esa manera maliciosa, siempre se desafana de las críticas. Michel Foucault, otro francés, explica con cierto embarazo que “en Francia necesitas ser un poco incomprensible al escribir; de otra forma la gente no te va a tomar como un pensador profundo”. Así que es un poco como la retórica pública en México, que es enfadosa heredera de las costumbres antiguas de la Madre Patria, en el sentido de que para todo tiene que ponerse la forma más rebuscada de decir una cosa. Nada de “agua” en un noticiero, eso es para facinerosos. Nosotros decimos “el vital líquido”. Agregar sílabas inútiles parece dar pátina de respetabilidad, y usar cuantas esdrújulas se pueda, es ser un académico.

Y ahí arriba por cierto usé cuatro esdrújulas en la última oración y me puse a hablar de filósofos postmodernos. Dominguerismo puro. Snob total. ¿O hipster? Ya no sé bien cómo son las clasificaciones de pedantería hoy en día. Igual que la música, todo lo vamos complicando con clasificaciones más y más especializadas ¿Qué no era blues, pop y rock? ¿Qué diablos es Acid House Techno Trip-Hop? Pero bueno, vayamos a otras ocasiones más relajadas donde se puede ser dominguero.

En el post anterior hablé de que había muchos juegos de mesa que me gustaba jugar en los 80s. Uno de ellos se llamaba “Disparates” y no sólo era ocasión idónea para ser dominguero, sino que ese era el punto central del juego. En cada ronda, se leía una palabra extraordinariamente rara, como “hoyanca” ó “vacabuey”, y cada jugador tenía que inventar una definición. Luego todas estas definiciones eran leídas –junto con la real– y había que votar por la que creía uno que fuera la verdadera. Así que entre más dominguero se pusiera, más posibilidades se tenía de que otros jugadores votaran por la propia definición, y así ganar puntos.

Claro que al principio había quién no entendía bien la importancia de ser ostentoso y formal en las definiciones, e inventaban cosas como “segunda versión del calipso” para la palabra “ilapso”. En realidad significa “éxtasis”, aunque hasta la fecha no me decido si lo del calipso fue una burrada monumental o una genialidad suprema; aunque me inclino más por la segunda porque más de 20 años después me sigue dando una risa incontrolable cada vez que pienso en ella, y por más que quiera no me puedo acordar de la definición que yo inventé.

Era un juego excelente, aunque teníamos la regla de la “chancla”. Como se imaginará el lector, era un juego que requería bastante concentración y creatividad, y no se podía jugar por horas; así que cuando veíamos que empezaban a aparecer muchas definiciones como “chancla precolombina” ó “pájaro de lindos colores”, era tiempo de pedir hamburguesas y hacer otra cosa. Por alguna razón, siempre empezaban a aparecer cosas precolombinas y pájaros lindos en las definiciones, cuando nos fatigábamos. ¿Herencia cultural? ¿Añoranza subliminal por nuestros ancestros? Ah, eso será un misterio para los antropólogos. Sería interesante ver a franceses jugándolo, y descubrir que cuando se cansan, empiezan a poner definiciones como “borceguí de la época de Luis XV”, ó “queso de fragante aroma”.

Pero como decía hace rato, hay ocasiones en las que no se puede ser rimbombante, y las consecuencias pueden ser desde drásticas (como en la cantina) hasta levemente desconcertantes. Y de éstas últimas voy a mencionar dos, porque son las graciosas.

Un día, o más bien una noche, estaba una pareja dormida en su cama. No, no estaba yo presente pero la anécdota nos la contó ese fin de semana él, y desde entonces es historia obligada en todas nuestras reuniones. El caso es que tenían una bebita recién nacida, y la mamá es editora de una revista. Ambas cosas parecen no tener relación, pero he aquí que la bebita empezó a llorar en mitad de la noche –como cualquier bebita que se precie– y la mamá le dijo a su marido, “Ve a ver por qué la niña está llorando con tanta vehemencia.”

El pobre, entre los lloridos de su niña y la alta retórica de su mujer, sólo pudo decir, “A ver, primero dime qué diablos es vehemencia.”

De plano.

La segunda anécdota es de mi mejor amigo, que en todas sus transacciones es infinitamente organizado, detallado y preciso. Seguramente si le pido ahora mismo que me muestre la factura de un tambor que se compró en 1984, no se debe de tardar más de 3 minutos en hallarlo. Y no, no es hipérbole. Y seguramente lo primero que me diría es que no fue en 1984, sino en 1985. En marzo 12.

Así que este organizadísimo y correcto amigo, estaba hablando con alguien por teléfono y le tenía que decir algunos datos importantes, así que se puso a deletrear la palabra para que no hubiera confusiones.

- “T” de Tito.
- Ajá.
- “R” de rojo.
- Sí.
- “A” de árbol.
- Sí.
- “B” de… um…de… ¡Bismuto!
- …
- ¿Escuchaste? “B” de Bismuto.

Quién sabe si esa mañana mi amigo confundió la Tabla Periódica con el periódico, o si acababa de leer el “Enriquezca su Vocabulario” del Selecciones de ese mes. A la mejor se encontró por casualidad una baraja del juego de Disparates. El caso es que la respuesta fue la que cualquiera daría:

- ¿Y Bismuto se escribe con B de Burro, o con V de Vaca?




VIDEO DEL DÍA


No hay video del día. Sólo quitarle la curiosidad:

HOYANCA es una fosa común.
VACABUEY es un árbol que crece en Cuba.




domingo, 21 de diciembre de 2014

Cuestión de Escrúpulos



Via Amstra


Hoy en día, el típico fin de semana de muchas personas de menos de 20 implica platicar con el novio –a quien nunca se ha visto en persona– que es un alemán que conoció en Facebook y que creció en Nigeria porque su papá es miembro de Médicos Sin Fronteras; y ahora desde que vive en California está haciendo un crowd-funding en Kickstarter para hacer el proyecto de sus sueños: un juego de cartas para RPG basado en los personajes de los X-Men pero en estilo manga. Y ya planearon irse de vacaciones a Grecia, donde tienen varias casas a dónde llegar, encontradas en CouchSurfing.

Mis papás probablemente entenderían menos de la mitad del párrafo anterior, y a decir verdad a muchos de los que estamos cuarenteando nos parece un mundo más bien extraño. Pero así son todos los cambios generacionales. Yo por ejemplo, nunca logré que mi mamá gustara de Iron Maiden.

Nunca entendí por qué.


A lo que voy es que nos divertíamos de otra forma. Por ejemplo los juegos de mesa. ¿Hace cuánto que no veo gente jugando juegos de mesa, que no sea en un casino? No me acuerdo. ¿Todavía se venden? Supongo que sí, pero no sé si el Monopoly estará en la sección de entretenimiento para adultos en vez de la juguetería. Porque de veras, ¿quién juega Scrabble en un tablero? Seguro quien lo juega me va a decir que mejor descargue la App para jugarlo en línea contra 3000 jugadores (los Top 10 son todos coreanos), y que lo puedo encontrar para MacOS, Windows y hasta Ubuntu si soy fan de Linux.

¿Fan de qué? Si yo sigo teniendo WindowsXP aunque Bill Gates ya le dijo a todo el mundo que lo tiremos a la basura. Wow, qué raro es esto de sentirse que no entiende a la juventud.

Bueno, el tema es que allá por mediados de los 80, que en tiempo de internet es como decir la prehistoria –o sea cuando las víboras andaban paradas– tenía yo un grupo de amigos que nos juntábamos en carne y hueso. De esos amigos cuyas ocurrencias nos dan risa, y que comparten tanto la resistencia al alcohol como la afición a los juegos de mesa. No es que fuéramos nerds a lo Big Bang Theory, pero sí nos encantaba juntarnos una vez por semana para jugar Garabatos, Disparates, ó Tabú.

Si ninguna de esas cosas le suena al lector, son todos juegos de adivinar en equipos: ya sea por medio de dibujos, ó descripciones limitadas. Créame, son muy graciosos. Pero si su juego favorito es Half Life ó Metal Gears… um pues olvídese, no le puedo explicar.

El caso es que durante varios meses, el grupo de amigos nos enamoramos de un juego nuevo, que salió en 1987: se llamaba “Cuestión de Escrúpulos”. Y lo jugábamos casi con preferencia a todos los demás, hasta El Incidente.

Ahora, Escrúpulos es un juego de adivinar, pero intenciones. Se juega así: en mi turno, saco una baraja que puede decir “Sí”, “No”, ó “Depende”. Supongamos que tengo un  “Sí”. En mi mano, además, tengo cinco cartas, cada una con una pregunta que implica alguna decisión ética. Lo que tengo que hacer es escoger a alguien del grupo y hacerle una de las preguntas, sabiendo que esa persona en particular, va a contestar “Sí” a esa pregunta específica. Digamos que escojo la pregunta “Te encuentras una cartera, con la dirección de la persona. ¿La devuelves?”, y escojo a alguien del grupo que sé que definitivamente no es un lángara de lo peor, y sí devolvería la cartera. Si dice que “Sí”, entonces gano puntos.

Por supuesto, lo divertido es que las preguntas no siempre son tan fáciles, o bien hay veces que alguien contesta que “Sí”, pero todos en el grupo saben que su acción en realidad sería “No”, por lo que se arman discusiones tremendas. De hecho se pasa más tiempo argumentando que jugando y contando puntos.

Diversión pura.


Por ejemplo, una vez hice esta pregunta a un amigo: “Tu mejor amigo es gay. Este verano ha invitado a tus hijos adolescentes a ir con él a su casa al lado de un lago. ¿Los dejas ir?”. En mi mano tenía la respuesta “Sí”, cuando mi amigo responde con un tremendo ¡NO!

WHAT.

Quizá porque eran los 80s, o porque mi amigo nunca ha usado más que botas, pero qué bestia. “¡La pregunta dice que ES TU MEJOR AMIGO!” Se armó una discusión bárbara, y aunque le hicimos notar que ‘Gay’ y ‘abusador de menores’ definitivamente no son sinónimos, nos tuvimos que quedar con su NO, De Ninguna Manera. Válgame.

Pero en fin. Lo bueno de esto es que somos gente conocida la que lo jugamos, y no pasa a mayores. Lo que sí sucedió con El Incidente: había desconocidos en el grupo. Esa noche, una amiga invitó a una pareja a quien conocía. Muy lindos, muy agarraditos de la mano y muy melosos. Y se nos ocurrió sacar el juego de Escrúpulos.

Equivocación.

Todo iba muy bien, la verdad sea dicha. Eran gente muy divertida, íbamos por la tercera ronda de preguntas y todo era muy gracioso como de costumbre. Hasta que alguien decidió hacerle una pregunta al muchacho nuevo. La situación era ésta:

“Acabas de engañar a tu esposa con tu secretaria, en un hotel. Al regresar a casa, te encuentras a tu esposa con el vecino. ¿La perdonarías? ¿Sería lo mismo?”

Y vino la respuesta:
- ¡Pero por supuesto que NO!

Su novia se quedó un poco menos que contenta con semejante respuesta y luego dicha con semejante aplomo.

- ¿Cómo que NO?
- ¡Pues no es lo mismo!
- ¡Es EXACTAMENTE lo mismo!
- ¡Yo por lo menos fui a un hotel, y esa trae al otro a MI CASA!
- ¿Cómo que ESA?
- Pues la esposa.
- ¿Y yo qué soy?
- ¡Bueno pero la cosa es que no es lo mismo!
- Ah, o sea que hay engaños más engaños que otros.
- ¡Pues sí!
- ¿Cómo que SÍ???

La verdad es que no podría reproducir todo aquel diálogo, primero porque ya pasaron muchos años, y segundo porque los demás nos fuimos saliendo del cuarto discretamente mientras los gritos seguían. Pero eso de arriba es la esencia de lo que pasaba.

O sea así, pero ya sin diversión.


Al día siguiente nos enteramos que habían terminado. Válgame. Nos sentimos más bien culpables, la verdad. Pero nada que una sesión de Garabatos no pudiera quitar.

Moraleja: Um, ¿No juegues con fuego? O… ¿sé más discreto? No sé bien, pero por lo menos, no invites a jugar a extraños.





VIDEO DEL DÍA


John Freeman entrevista a Bertrand Russell, 1959. “Este mundo es malo, y hay que darse cuenta”: