lunes, 15 de noviembre de 2021

Satán, la risa y la guerra

 

En su novela corta, El Forastero Misterioso (The Mysterious Stranger, 1916), Mark Twain hace que tres adolescentes en la supersticiosa Austria del siglo XVI de repente conozcan en una excursión al bosque, a un joven apuesto e interminablemente entretenido. Este joven es ni más ni menos que Satán, aunque él dice que el ángel caído es “su tío”.  

 

Satán les toma una especie de cariño, aunque para él la humanidad es casi como bacterias, intrascendente y afectada de un terrible caso de “moralidad” que la empuja a hacer tonterías de forma constante. Bajo la mirada del ángel, nuestra sabiduría, nuestra ciencia y nuestros más altos logros no merecen ni siquiera su desdén, de lo bajos y primitivos que son. Pero entre toda esa miseria, hay algo que le llama la atención:

 

¿Vendrá ún día en que reconozcan la inmadurez de las cosas que aprecian y, riendo, las destruyan? Vuestra raza, dentro de su pobreza, posee incuestionablemente un arma eficaz: la risa. El poder, el dinero, la persuasión, las súplicas, la persecución...  todas esas cosas pueden ir creciendo o decreciendo, siglo tras siglo; pero únicamente la risa es capaz de hacer volar todo de golpe por los aires. Nada puede resistir al asalto de la risa. Os pasáis la vida armando revuelo y peleando con las demás armas de que disponéis. ¿Empleáis ésta alguna vez? No; la dejáis enmohecer. ¿La empleáis alguna vez en vuestra totalidad de raza? No; os falta buen sentido y valor.

 

La risa: esa forma de reconocer el absurdo y destruirlo en un momento de claridad, es lo que llama la atención del ángel.

 

En otro pasaje, Satán se pone a expicarle a Teodoro, uno de los tres chicos, acerca de cómo ve la guerra o más bien, las eternas justificaciones que damos de ella:

 

Jamás hubo una guerra justa, jamás hubo una guerra honrosa, por parte de su instigador. Yo miro en lontananza: un millón de años en el futuro, y esta norma no se alterará ni siquiera en media docena de casos. Un puñado de vociferadores, como siempre pedirá a gritos la guerra. Al principio, con cautela y precaución, se pondrán dificultades; la gran masa enorme y torpe, se restregará los ojos adormilados y se esforzará por descubrir por qué tiene que haber guerra, y dirá, con ansiedad e indignación: «Es una cosa injusta y deshonrosa, y no hay necesidad de que la haya». Pero el puñado vociferará con mayor fuerza todavía. En el bando contrario, unos pocos hombres bienintencionados argüirán y razonarán contra la guerra valiéndose del discurso y de la pluma, y al principio habrá quien los escuche y quien los aplauda; pero eso no durará mucho. Los otros ahogarán sus voces con vociferaciones y el auditorio enemigo de la guerra se irá raleando y perdiendo popularidad. Antes que pase mucho tiempo verás este hecho curioso: los oradores serán echados de las tribunas a pedradas, y la libertad de expresión se verá ahogada por unas hordas de hombres furiosos que allá en sus corazones seguirán siendo de la misma opinión que los oradores apedreados, pero que no se atreven a decirlo. Y, de pronto la nación entera recoge el grito de guerra y vocifera hasta enronquecer y lanza a las turbas contra cualquier hombre honrado que se atreva a abrir la boca; y finalmente, esas bocas acaban por cerrarse. Acto seguido, los estadistas inventarán mentiras de baja estofa, arrojando culpas sobre la nación agredida y todo el mundo acogerá con alegría esas falsedades para tranquilizar la conciencia, las estudiará con empeño y se negará a examinar cualquier refutación que se haga de las mismas. De esa manera se irán convenciendo poco a poco de que la guerra es justa y darán gracias a Dios por poder dormir más tranquilos tras ese proceso de grotesco engaño de sí mismos.

 

Aplica tanto a la guerra como a cualquier rendición de la conciencia ante una maldad: la injusticia, la opresión, la tiranía. Las mentiras que inventamos para no ver la realidad y tranquilizar, o más bien anestesiar, nuestras conciencias. 

 

Poco podemos ocultar a la vista del ángel. Poco podemos ofrecer como argumento en contra.

 

  

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