miércoles, 5 de mayo de 2021

El hielo y el barro

 

El entendimiento de los ciclos cómo representan la vida y la muerte, y su indisolubilidad última es una de las principales preocupaciones del taoísmo clásico y ha influenciado mucho el arte pictórico asiático, principalmente con la imagen del eterno ciclo de las cuatro estaciones.

Pero otras dos bellas imágenes poéticas se encuentran en un clásico del taoísmo poco conocido en Occidente: el Huainanzi (s. II a.C.). La primera es la imagen del agua y el hielo:

“Al acercarse el invierno el agua se convierte en hielo; al recibir a la primavera, se rompe y se hace agua de nuevo. Agua y hielo se suceden así el uno al otro al pasar las estaciones, y al ser así, ¿en dónde cabe la angustia?”

La segunda imagen es la del barro:

“El Creador del Mundo es como un alfarero y su barro: lo recoge y lo convierte en jarrones, pero la sustancia es la misma que la que estaba en la tierra. Más tarde, el jarrón se rompe y regresa al lugar del que provino; pero ya en la tierra, la sustancia es aún la misma que la que dio forma al jarrón… Una pared levantada es la misma sustancia que una pared caída, y que una pared que nunca ha sido edificada.” 

 

lunes, 19 de abril de 2021

¡No sabíamos! ¡Fuimos engañados!

 

Un régimen criminal no es construido por criminales, sino por entusiastas que creen haber descubierto el único camino al paraíso.

Esos entusiastas defendieron ese camino con tanto celo, que al hacerlo se vieron obligados a ejecutar a muchos de sus compatriotas. Más tarde, se vio con claridad que no había paraíso alguno, y que esos entusiastas eran de hecho asesinos.

Entonces todos empezaron a gritarles: “¡Ustedes son responsables de nuestro infortunio, de la pérdida de nuestra libertad, de los crímenes!”

Pero los acusados respondieron: “¡No sabíamos! ¡Fuimos engañados! ¡Nosotros éramos creyentes verdaderos! ¡En nuestros corazones, somos inocentes!”

Al final, la disputa se centró en una sola pregunta: ¿en realidad no sabían, o solamente fingieron?

Tomas siguió de cerca esta disputa y su opinión era que, aunque había quienes no ignoraban el horror, probablemente la mayoría de los entusiastas no lo habían conocido.

Pero se decía a sí mismo: el saber o no saber no es el problema principal; el problema es si un hombre es inocente por el hecho de no saber. ¿Un tonto sentado en un trono tiene menos responsabilidad por el solo hecho de ser un tonto?

Concedamos, por ejemplo, que un fiscal checoslovaco en los años 50s, al pedir condena para un prisionero, fuese engañado por la policía secreta rusa y por su propio gobierno. Pero hoy, que todos sabemos que esas acusaciones eran absurdas y que el acusado era inocente, ¿cómo puede ese fiscal defender su pureza de corazón, rasgar sus vestiduras y gritar “Mi conciencia está tranquila, yo no sabía, yo era un creyente”? ¿No es este no sabía la raíz de la culpa que se rehúsa a aceptar?

De esta forma Tomas hizo la conexión con la historia de Edipo. Edipo no sabía de sus crímenes, pero al darse cuenta de ellos, no se sintió inocente. Al no poder soportar la vista de los horrores causados por su no saber, se sacó los ojos y se fue a vagar ciego por Tebas.

Cuando Tomas escuchaba a esos antiguos entusiastas gritar y defender su propia pureza, decía para sí, “Como resultado de que no sabías, este país perdió su libertad, quizá por siglos, ¿y tú vociferas que no sientes culpa? ¿Cómo puedes soportar la visión de lo que has hecho? ¿Cómo no te horrorizas? ¿No tienes ojos para ver? ¡Si tuvieras ojos, te los sacarías y te irías a vagar ciego por Tebas!”

 

 

 Milan Kundera

La Insoportable Levedad del Ser, parte 5, capítulo 2

  

jueves, 15 de abril de 2021

855%

 

Vamoavé.


Primero que nada voy a decir que no tengo ningún problema con que alguien, lego o letrado, cometa un error, pequeño o bestial, al explicar una cosa.

Estoy seguro de que no existe, ni ha existido ni existirá jamás, un profe de matemáticas o de lo que sea, que no se haya equivocado haciendo un cálculo o explicando una clase. Y que haya escuchado:

“Profe, ahí donde puso ‘más’ en la ecuación, no es ‘menos ?”

A mí me ha pasado, a todos nos ha pasado: en una conversación informal, en el salón de clase, en una presentación. Tienes miles de cosas en la cabeza o estabas pensando en un concepto diferente que justo explicaste, o simplemente te faltó el café de la mañana y dijiste gimnasia en vez de magnesia.

¿Qué haces?

Pues simplemente dices “ups perdón, tienes razón, lo que quise decir fue...”

O de plano si dijiste que 2 más 2 es 5, enfatizas. A mí me ha pasado y digo “wow qué burrada acabo de decir”, y corriges.

Y ya.

Es lo más sencillo y natural del mundo.

Lo que definitivamente no haces es, después de darte cuenta de tu error, emperrarte en que en efecto 2 más 2 es 5, y empeñarte en demostrarlo.

Esto no debería ser un tema trascendente y sin embargo, lo es.

Y lo es porque nada menos que la directora general de la institución más importante de ciencia y tecnología de México hizo eso precisamente (o sea lo que no se debe hacer). Cometió un error porque explicó mal una cosa tan banal como un porcentaje. Nada más. Algo completamente intrascendente y olvidable si hubiera dicho “ups, perdón, lo expliqué al revés, lo que quise decir fue...”

Vale que si estás explicando una política pública o un concepto de ética, haya mucha discusión y desacuerdo porque son temas que dan mucho para la subjetividad. También en la ciencia nos peleamos todo el tiempo por definiciones o teorías nuevas: recientemente un interesante experimento en Fermilab, que detectó unas partículas que se mueven diferente a lo esperado, tienen a todos los físicos discutiendo el por qué puede ser eso. ¿Hay partículas nuevas que no conocemos? ¿Son errores de medición? ¿Es una variación explicable en el modelo anterior? ¿Tenemos que tirar a la basura la mitad de los libros de mecánica cuántica?

Vale. Es algo nuevo y puede tener mucho impacto.

 

Pero aquí estamos hablando de la definición de “porcentaje.”

No es controvertido, nadie va a morir por eso. Incluso mostró los números correctos: el otro producto cuesta 500, el producto nuestro costará 55. Punto. Eso hubiera esclarecido todo si hubiera lidiado con el pequeño error de explicación del porcentaje.

Y esto es trascendente porque no sólo no corrigió ese mínimo y banal error: sino que lo intentó justificar con cálculos estrambóticos que no corresponden a lo que tenemos definido como “porcentaje”, hablando de una cosa más barata que otra.

Esto es inaceptable en ciencia e inaceptable en un servidor público.

 

Otra vez para que quede perfectamente claro:

El error en la explicación fue lo de menos. Lo importante es la incapacidad de reconocerlo y rectificarlo.

Y estamos hablando en esencia de un error de dedo.