Honestamente, el único villancico que puedo escuchar sin que me canse es
“El Niño del Tambor”, y definitivamente no es por la música, que es quizá más
sencilla que otros, sino por la letra que me parece con mucho la más
trascendente de todos los villancicos. Estas frases siempre me han parecido una
bellísima expresión de las mejores cosas que tiene el espíritu humano:
Tú ya sabes que soy pobre también
y no poseo más que un viejo tambor:
¡En tu honor frente el portal tocaré con mi tambor!
…nada mejor hay que te pueda ofrecer.
Si se ve bien, es un sentimiento que no es exclusivamente navideño como Los Peces en el Río, ó Campana Sobre Campana, sino que es imagen del mejor sentimiento
de generosidad, empatía y solidaridad que es celebrado y admirado en cualquier
cultura, en cualquier momento: la representación de amor puro por el que se
puede dar sin reservas lo poco que se tiene, convirtiéndolo así en lo más
valioso que se tiene.
Pero esta Navidad quiero sugerir otras canciones para escuchar, junto
con las inevitables, si no por otra cosa que dar variedad al asunto. Estas
canciones no tienen temas de la temporada, pero sí muy humanos.
Como tantas cosas, se pueden escuchar en cualquier momento, pero toman
una nueva dimensión si las escuchamos en una fecha o temporada que asociamos
con ciertos sentimientos especiales, como unión y convivencia, reflexión y
generosidad.
O simplemente se pueden escuchar por si no las había oído antes.
Como últimamente he tenido algunos problemas al poner enlaces de
YouTube, voy a poner la forma en la que los puede buscar junto con el enlace.
Por supuesto, la mejor la dejo para el final:
Escribir un libro como El Principito (1943) es algo tan extraordinariamente
difícil, que francamente me parece que no tiene paralelo. Existen antes de él
muchas obras en las que se desnuda y se exhibe la condición humana, pero
quienes escribenson eruditos como
Voltaire y cuyas tramas son bastante más complejas y con estilos mucho más
elevados. Tiene uno que remontarse a la tradición de las Fábulas de Esopo para
encontrar tal simplicidad y profundidad mezcladas, con miembros insignes como
los cuentos persas de Afanti, o las diversas colecciones de cuentos cortos y
parábolas que existen en casi todas las culturas. Pero si bien estas
colecciones pueden muy bien superar al Principito en solidez filosófica ó
escrutinio sicológico, ninguna usa a un niño como su personaje principal ni
ponen de relieve la inocencia del descubrimiento como éste lo hace. Y en todo
caso son colecciones episódicas, pero no una historia de principio a fin. Afanti
es un hombre del más alto ingenio; el Quijote y Sancho son adultos que tienen
convicciones bien formadas aunque exóticas; Cándido es un simplón pero sus
situaciones son eminentemente adultas. No por nada el Principito ocupa el lugar
que ocupa en la literatura.
A mi ver, tan sólo otros dos libros lograron con éxito una
tarea tan difícil, con personajes de niños, y ambos fueron publicados con un
año de diferencia: Momo (1973) de Michael Ende; y Señor Dios, Soy Anna (1974) de Sydney Hopkins,
alias Fynn.
Momo es una niña vagabunda y solitaria, que tiene la extraña virtud de
saber escuchar, y con esa sola característica puede resolver casi todas las disputas
de la gente de su pueblo. Y en una aventura fantástica, lucha contra los
nefastos Hombres Grises que intentan robarse el tiempo de la gente, quitándoles
su presente con promesas de futuro. Las lecciones enseñadas son tan sencillas y
claras como en el Principito, y la historia las ilustra de esa bella manera de “mostrar,
no decir” que mucha literatura contemporánea parece desechar (véase La Profecía
Celestina, El Secreto, Dios vuelve en una Harley, El Monje Que Vendió Su Ferrariy un largo etcétera de modernos libros de autoayuda,
que son torpes, sermoneadores y faltos completamente de sutileza).
Anna, por otro lado, es también una niña vagabunda pero sin ningún
elemento fantástico. Es encontrada en las calles de Londres por Fynn, quien la
acoge en su casa, y a lo largo de su relación él aprende de ella todo tipo de
maravillas acerca de cómo un niño ve a Dios, el sexo, los idiomas y la
velocidad de la luz. Aquí las lecciones no son tan importantes como el
reconocimiento de la naturaleza misma de la inocencia, y el estilo, si bien
diferente de los dos anteriores, funciona a la perfección. Hay dos secuelas
menos logradas: El Libro de Anna (1986) y Anna, el Señor Dios y el Caballero
Negro (1990) que no llegan a capturar la magia del primero, pero valen la pena
de verse.
¿Quién será el siguiente autor que pueda ofrecer un personaje infantil
de tal trascendencia? Seguimos esperando.
VIDEO DEL DÍA
Momo
se ha llevado al cine un par de veces ya, pero ambas versiones pasaron sin pena
ni gloria. Se acaba de hacer una versión nueva, que parece muy prometedora:
Ayer vi un tweet que equivocadamente refería esa foto, diciendo que es
una protesta en Londres por los 43 desaparecidos en México; en realidad es una
protesta en Barcelona en contra de la industria de la piel de animales. Pero
para lo que voy a discutir aquí, da exactamente lo mismo.
En cualquiera de los dos casos, la gente ve la foto, dice OK, y tres
segundos después da click en el siguiente link, probablemente con una foto de
un gato con mala gramática. El shock se ha vuelto trivial.
Y no es para decir que no se deba protestar o hacer valer las propias
convicciones, ni mucho menos. Se debe de hacer, y se debe cuestionar y
presionar para que vayamos empujando nuestros modos de convivencia hacia formas
cada vez más justas y aceptables para más miembros. Pero las tácticas de shock
ya no funcionan como antes.
En 1916 comenzó el movimiento artístico —o anti-artístico— llamado
Dadaísmo, un estilo de vanguardia que cuestionaba los valores establecidos. De
hecho ya desde 1913 Marcel Duchamp había empezado con su propuesta de “anti-arte”
que llegó al pináculo de la fama en 1917 con su obra Fountain, que sí causó
revuelo:
Sí, un mingitorio. Esa era la obra. Por supuesto, causó indignación y de
hecho fue rechazada por los jueces de la exhibición a la que la inscribió, pero
su concepto influenció a una gran cantidad de artistas plásticos y filósofos
del arte que en esos momentos tensos (Primera Guerra Mundial) cuestionaban en
conjunto muchas de las bases generalmente aceptadas del arte y de la sociedad,
de sus funciones e interacciones. El crítico y filósofo Stephen Hicks interpretó
la obra de Duchamp como una declaración de que “el arte no es más que algo en
lo que nos orinamos.”
Estos cuestionamientos han tenido una larga tradición en el siglo 20 y
hasta nuestros días, explorando y de-construyendo, con gente famosa como Andy
Warhol y sus sopas Campbell’s y un largo largo etcétera. Pero la técnica del
shock como análisis y disección del comportamiento humano individual y social
tuvo más impacto aún en el arte del performance, en el que la obra no es un
objeto sino una acción a ser observada. En estos performances muchos artistas
llegaron a extremos bastante drásticos, como Chris Burden, que en los 70s se
hizo famoso por sus acciones como Trans-Fixed: donde hizo que lo clavaran de
las manos a un coche, en posición de crucificado. Marina Abramovic, otra
pionera, presentó en 1974 su infame Rhythm 0: una sesión de seis horas
durante las cuales ella, sentada en una silla y sin moverse, puso frente a sí
una mesa con 72 objetos —entre los cuales había una pistola cargada— que los
espectadores/participantes podían usar en ella de cualquier manera que
quisieran. La gente llegó a cortar su ropa en pedazos, ponerle espinas en el
abdomen e incluso apuntar la pistola a su cabeza.
Hoy sigue habiendo quiénes usan estos métodos, pero los cuestionamientos
que causan difícilmente ameritan más que una mirada por encima, y son usados ya
no como vehículo de exploración artística y social sino sólo como protesta, de
la misma forma que una huelga de hambre. En 2013 un artista ruso se clavó de
los testículos al suelo de la Plaza Roja, en protesta por acciones represivas
del Kremlin, por ejemplo. ¿Escuchó antes esa noticia? ¿De su impacto?
Exactamente.
Volviendo a los 70s: esa época fue de empujar y romper muchos límites
sociales establecidos. En 1973 se estrenó El Exorcista, que hoy nos puede
parecer algo trivial pero que causó una conmoción sin precedentes, rompiendo la
convención en el cine mainstream, de poner a cuadro completo y sin cortes las
escenas más violentas y perturbadoras. Antes de eso el terror era más bien insinuado
y completado por la imaginación del público, con sombras, silencios y diálogos
tétricos. Después de esta película se desató una moda de cine sanguinario
extremo, con las películas de Darío Argento (Rojo Profundo, 1975) y Ruggero Deodato
(Holocausto Caníbal, 1980) como exponentes notables, además del primer cine
mainstream de porno-tortura (también italiano) que en nuestros días es
representado por Saw (2004) y sus variantes cada vez más grotescas (Martyrs,
2008; Human Centipede, 2009).
A lo que voy es que en los últimos 40 años las imágenes de violencia
extrema se han hecho comunes, casi triviales: y no sólo en el arte sino que
ayudadas por la explosión de la comunicación por internet en donde todo es
instantáneamente accesible. Y si las imágenes de violencia tienen ese grado de
trivialización, el desnudo lo es mucho más: imágenes de alto contenido erótico
que en los 70s hubieran sido consideradas absolutamente inaceptables en
cualquier publicación masiva, hoy se usan para anunciar chocolates y agua destilada.
Spencer Tunick, fotógrafo de desnudos masivos desde 1994, tiene una propuesta
interesante desde el punto de vista artístico, pero está muy lejos de ser
provocadora por el sólo hecho de incluir desnudez.
El hecho es que este tipo de protestas, desprovistas de contenido
artístico, no asustan ya a nadie: en la ciudad de México hay protestas de
desnudos cada dos por tres, y a lo que llegan es a que alguien les tome fotos
divertido, o que alguien más diga “otra vez estos encuerados bloqueando el
tráfico”. El parar juegos de fútbol porque algún exhibicionista se mete al
campo ya es casi tradicional en varios países, y cuando unas chicas protestaron
desnudas ante Angela Merkel y Vladimir Putin en 2013, la cara de Putin lo dijo
todo:
Si se va a protestar hoy en día, se necesita organización e inteligencia,
y tener el pulso de la sociedad donde se desenvuelve para saber de qué forma se
puede mover —y conmover— a nuestro vecino. Una imagen violenta o enseñar piel
ya no hace que la gente voltee la cabeza, y en muchas ocasiones la reacción es
de entornar los ojos, y pensar que lo único que quieren esos encuerados es un
poco de emoción y de romper con la rutina.
VIDEO DEL DÍA
Por
si el lector no me creía lo de Marina Abramovic: